La pandemia profundizó una crisis de la salud mental que la antecede. El malestar de querer vivir y no saber cómo. En la frontera entre la afección individual y la descomposición comunitaria: una intimidad común. En un mundo que se derrumba, las ideaciones suicidas son una cuestión política. ¿Puede la experiencia personal cortocircuitar y alumbrar la crisis sistémica? La salud mental como un movimiento social que tiene en los malestares sus energías de cambio.

 

Tirate por el balcón”, dijo una voz en mi interior. Hace meses no sentía ese terror, ese ruido exasperante. Esa desesperación. Hoy necesito escribir sobre lo que pasa en mi cabeza, pero tengo el cuerpo entumecido, con demasiado miedo para escribir sobre mis ideaciones suicidas. 

Mi cabeza es este mundo derrumbado. Estoy quebrado por una distancia que separa lo que siento y lo que hago, lo que digo y lo que pienso. Que enfrenta la escritura con mis propios límites para vivir realmente. Para escribir hay que sumergirse en ese malestar, porque para aprender a escribir primero tenemos que aprender a vivir.

No voy a hablar del suicidio, de eso no se habla. Hablo del malestar de querer vivir y no saber cómo hacerlo. Habito un malestar que no tiene nombre, que es el costo de soportar formas de vida que nos enferman. En los malestares personales se elabora una intimidad común, se hacen carne los problemas colectivos. En nuestros estados de ánimo se gestan saberes sensibles sobre el mundo. Se trata de saberes del cuerpo, memorias de la carne. Las ideas son el reverso de la piel.

¿Cómo politizar el malestar que subyace a las ideas de muerte? Las ideaciones suicidas no son un problema psicológico individual. Son una cuestión política. ¿Qué nos dicen estas experiencias sobre nuestras comunidades, sobre nuestros modos de vivir y morir? ¿Cuál es su relación con la coyuntura anímica de crisis de la salud mental?

De mis episodios suicidas solo puedo extraer un enigma, el único problema filosófico verdaderamente serio: el querer vivir. Sin embargo, antes de todo problema filosófico hay un problema existencial, es decir un problema político: aprender a vivir y no saber cómo hacerlo. No poder hacerlo. No querer hacerlo. El resto de nuestras preguntas, si es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, si la revolución ha muerto o la plasticidad del cerebro, vienen a continuación. Son mediaciones teóricas; primero hay que aprender a vivir.

La pregunta filosófica que importa no es ¿por qué hay Ser y no más bien la nada?, sino ¿por qué existe un cuerpo, entre todos los cuerpos, que sea yo mismo?, ¿por qué existe esta porción de la materia que siente, ama, sufre y piensa?, ¿por qué existe mi cuerpo, este cuerpo anoréxico y ansioso, que oscila entre la euforia maníaca y el bajón depresivo? 

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A los 16 años tuve mi primer episodio de ideaciones suicidas. Pasé varias semanas con la idea en la cabeza. Planifiqué mi muerte: hice preparativos y escribí una carta a tres amigos. No iba dirigida a ellos, sino a mí mismo. Busqué las formas más rápidas y menos dolorosas de matarme, pero no encontré un método lo suficientemente preciso. El revólver de mi abuelo era lo más tentador. No daba más. 

En las ideaciones suicidas se debaten fuerzas del mundo. En esta línea, Santiago López Petit escribió un libro estremecedor sobre la “muerte política” de Pablo Molano, militante suicidado por la sociedad. Petit piensa el “caso Molano” desde la perspectiva del querer vivir. Politiza el suicidio a partir de un vitalismo turbio que afirma un derecho primordial: el derecho a vivir y morir dignamente. 

Para Petit el problema político de las ideaciones suicidas no es el “ser para la muerte”, ni la vida en sí misma es una solución. Porque todo aquel que quiere vivir sin ser vivido, termina teniendo problemas con el imperativo de “tener una vida”. Si tener una vida es igual a tener proyectos, seguidores o pareja, entonces la vida es nuestro problema.

Nadie puede adaptarse a una vida cada vez más invivible. Por eso se trata de asumir nuestros síntomas como punto de vista contra el optimismo cruel del bienestar. Abrazar el querer vivir contra la muerte que en vida nos dan, reivindicando las anomalías y la dignidad del malestar. 

Esta política del síntoma reabre el antagonismo sobre otras bases existenciales, como desarrolla Diego Sztulwark en La Ofensiva sensible. Aquí nuestras fragilidades pueden ser la premisa de una potencia, en la medida en que las estrategias de lo común surgen de una vulnerabilidad desigual y compartida. La fuerza de los débiles consiste en convertir los modos de vida en formas de lucha, a decir de Amador Fernandez-Savater. El derecho a vivir y morir dignamente nos enfrenta al desafío de reapropiarnos de nuestra existencia, expropiada hasta el colapso anímico. La apuesta, entonces, es repensar mis ideaciones suicidas afirmando el querer vivir.

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Siempre pensé que las ideas suicidas eran habituales entre los pibes del conurbano bonaerense nacidos a finales de los ochenta, fanáticos de Nirvana, rodeados de precariedad y violencia. Pero todos mis amigos estaban enloquecidos con Nevermind y no todos flasheaban matarse. Así como Sartre dice que Valery es un pequeño burgués pero no todos los pequeños burgueses son Valery, si bien Kurt Cobain se pegó un tiro no todos los fanáticos de Kurt son suicidas.

Cobain condensa un interrogante generacional: ¿por qué hace décadas no paran de crecer las estadísticas de suicidio entre nosotros, los varones cis? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 800 mil personas se suicidan por año. Se trata de la segunda causa de fallecimiento en jóvenes entre 15 y 29 años, después de los accidentes de tránsito. En los últimos 45 años, las tasas de suicidio aumentaron un 60% a nivel mundial. De acuerdo a las Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud de la Nación, en Argentina se producen más de 3 mil suicidios por año. Y si bien los datos oficiales muestran que las feminidades tienen más intentos de suicidio que las masculinidades cis, estos últimos duplican la estadística de mortalidad. Estas cifras demuestran que nuestra salud mental se ha vuelto un problema político fundamental. 

La pandemia profundizó una crisis de la salud mental que la antecede. Aumentó los malestares, reduciendo los ocios y disfrutes. La crisis tiene efectos diferenciales y desiguales en nuestras mentes y cuerpos, debido a variables de género, clase, raza, edad, etc. La precariedad de la vida, la explotación laboral, el caos urbano, la incertidumbre, la crisis climática y habitacional, entre otros factores, constituyen condiciones estructurales que dañan nuestra salud mental. 

La inflación de diagnósticos psicológicos y psiquiátricos hace que cada vez más personas seamos etiquetadas con algún “síndrome”, “déficit”, “desorden” o “patología”. La “epidemia de trastornos mentales” busca capturar las anomalías y privatizar los malestares, como señala Mark Fisher en Realismo Capitalista. En lugar de cuestionar las estructuras sociales, se culpabiliza, encierra, patologiza y criminaliza a las personas. Nuestras emociones y cerebros son gestionados por el mercado farmacéutico, el estado, y el poder narcótico, manicomial y terapéutico. Estas fuerzas sociales tienen un interés particular en negar toda relación entre suicidio y política. Y por esta razón tienden a medicar o psicologizar los padecimientos. Sin embargo, la salud mental no es un estado ideal de bienestar individual, es un campo de batallas. 

Si la antipsiquiatría, Foucault o Guattari señalaron el potencial político de la locura, hoy se trata de explorar la fuerza insumisa de los síntomas. Son un suelo de investigación y resistencia. Una premisa para cambiar modos de vida desgastantes y recrear nuestros disfrutes y cuidados. 

El desafío es articular malestares distintos y desiguales en una liberación anímica colectiva. No compartimos una identidad: tenemos en común que no sabemos vivir. Habitamos ansiedades, depresiones, insomnios, ataques de pánicos, porque no cuajamos en este mundo. Esos síntomas no son “patologías individuales” que debemos curar con fármacos o terapias. Al contrario, nos dicen que no queremos, no sabemos ni podemos encajar en esta vida. 

La salud mental es un movimiento social que tiene en los malestares sus energías de cambio. La politización de los malestares y la invención de disfrutes solo es posible construyendo comunidades.

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¿Puede ser la muerte el punto de apertura o de quiebre de una comunidad? Maurice Blanchot decía que la muerte del otro es la base de una comunidad entre aquellos que no tienen nada en común. Comunidad clandestina, hecha de diferencias y silencios, de dones y secretos, de amores y odios. ¿Socializar un malestar puede dañar nuestras comunidades?  

Perdí afectos por mentir y también por sincerarme sobre mis ideaciones suicidas. Hace unos años, totalmente borracho, le dije a un amigo que me había tirado de un quinto piso. Era mentira, no tenía ni un rasguño. ¿Qué malestares, miedos o deseos inconfesados se expresaron en esa mentira? En mi memoria corporal de esa situación siento un vacío. El desamparo de un mundo derrumbado. Hoy la escritura es una estrategia para elaborar un duelo imposible, para liberar una vida detenida en una ruptura traumática. 

El deseo de ser amados, mirados o reconocidos puede generarnos mucho sufrimiento. Siento una mezcla de vergüenza, decepción y arrepentimiento cuando recuerdo esa noche, en la que perdí más de lo que puedo nombrar. Me pregunto si fue un pedido de ayuda, una estupidez o un intento de llamar la atención. Al pensar en esa situación, me repito un interrogante de Néstor Perlongher: ¿cómo puede el deseo provocar su propia muerte? 

Todos tenemos dificultades para aprender a vivir y estos problemas son políticos. Ya no vivimos, hacemos como si viviéramos. Tenemos demasiado miedo. No obstante, en el deseo de vivir germinan las fuerzas de una conspiración. Porque para aprender a vivir necesitamos compañías y soledades, amistades y enemistades. Ausencias y presencias. Una comunidad se compone de heridas, pérdidas y excesos, de alegrías, encuentros y conflictos.

Frente a las pedagogías sentimentales que nos acorralan en la vergüenza, el silencio o el tabú, la narración de nuestras experiencias puede habilitar nuevos repertorios afectivos, redes de cuidado y alianzas políticas. Nos permite conectar la primera persona del singular y la del plural. No somos héroes ni víctimas: buscamos crear comunidades para reencantar nuestros mundos.

Mis ideaciones suicidas nunca fueron un problema político, sino trágicamente personal. Hasta que escribí este texto. Mientras lo termino, imagino que ustedes me leerán y se preguntarán si estoy bien. Mis amigos escribirán para darme apoyo y ánimo. Yo les contestaré con una mezcla de ternura, agradecimiento y complacencia. Pero no hablé de la muerte ni del suicidio, escribí sobre la locura de aprender a vivir, sobre la desesperación del querer vivir.

Nosotros, los que enfermamos por querer vivir y no saber cómo hacerlo, somos una anomalía. Un cortocircuito del sistema. Y lo que más deseamos es que este lo pague caro. Esta vida está en guerra contra nosotros, y necesito que nosotros también estemos en guerra contra esta vidita de mierda.

Ilustración: Juan Puerto