El enojo con Papito, con Mamita, el Capital inmanente, la lucha de San Pija y el tirano prófugo.

 

 

Politizarse no es purificarse.
¿O si?
Politizarse es purificarse.

 

La eyaculación llegó a los dos minutos, y eso me trajo confianza y certidumbre. Al despertar; cuando termino de abrir los ojos, a tientas, busco el celu. Abro el WhatsApp. Está todo porneado por avisos de putas de Skokka. Qué desastre. En quién mierda me estoy convirtiendo. Abajo, un mensaje de Male para ir mañana a almorzar a la casa que sus viejos alquilaron en Tigre. No sé cómo ni por qué termine convertido en un putero, un gatero, un cliente. Para ser sincero, me da pudor. Terminar en esas cuevas, la piel salada, la merca en el auto. Las cuentas en rojo: la culpa por geder, por gastar, por pagar.

Otro mensaje de Male. Ufff, ¡Qué le pasa!. Se neurotiza si no le respondo y en cada gesto de omisión o transmisión, en cada signo de mis ganas o no ganas que emite mi WhatsApp se debate una nueva prueba de amor. A ver: ok, Male, “Si, si, si, vamos a almorzar a Chui…pero no tengo un mango”, le digo. “Ok, no te hagas drama…invito yo”, responde. En ese gesto minúsculo, cuasi culposo, generoso o ya no sé qué, me devuelve la certeza de que ella tiene clarísimo que mi caja de ahorro está en su recta final.

Julian, ¡dale! A ver, salí de este sillón. Salí. Antes de terminar de hundirte en un infierno de estupideces, que solo lleva a esa misma retracción silenciosa que se efectúa día a día (sin que lo notes) y andá a comprar de una buena puta vez ese miserable paquete de yerba. La Merced no, ya no. Bajá a Playadito. Salí. Salí ya. Y accedé a un impulso. Eso necesito. Acceder a un impulso, desbrozar los yuyos, abrir un claro, a machetazo limpio, como un correntino con hambre; sucio, pobre, explotado, violento, fajando a cintazos a su hijo discapacitado luego de haber quedado rengo después de haber estado en Malvinas cagando a balazos a la artillería inglesa. Ese tipo de vida ejemplar es la que necesito en este momento. De lo contrario, el placer quedará asociado a lo conocido, al punto de convertirse en un molinete sin grasa, un ritual vacío, sin ese ácido promiscuo que segrega el estar caliente con algo. Y el giro, ese imperceptible, imprevisible giro de las cosas que permite que vuelva a fluir, quizá ese mismo ritual, el mismo molinete, pero a través de formas nuevas y olvidadas.

Male sugiere que estoy depresivo. Male confirma que está harta de los varones cis cuyo dilema es que si no son violentos son depresivos, como yo en este caso, y algo así de que es “la otra cara de la misma moneda”. Yo le respondo “salí con minas, vas a encontrarte con otros quilombos”. “Obvio, pelotudo”, me dice, “¿pensás que no lo hice ya?”. Y algo así como: “tu chip hetero blanco”, que no termino de escuchar o entender. 

Male, otra vez. Ok. la-puta-madre. ¿Qué quiere? A ver: la apelación a la voluntad y a la buena conciencia al momento de interpelar a tu pareja es infértil, Male; o decididamente indigno. Una relación o es una ecología de egoísmos módicos y auto regulados o se vuelve un como si protocolar en base a una entrega desgastante, que invoca fatalmente un presunto deber, “un compromiso” y toda esa mierda que no hace más que traficar una obligatoriedad, a esta altura, formal y bastante inconducente. “No, no quiero, no quiero mañana ir a Tigre”, pienso, y debería decírselo, pero no lo digo, por rendir culto a esas micro transacciones que siempre terminan mal, pero que prácticamente se volvieron el principal nudo de nuestro lazo.

La comprensión humana más básica, desde Nietzsche y Freud para acá, revela que el chantaje emocional en nombre del Bien Común y la entrega desinteresada es otra forma del egoísmo, pero más vil, perversa y pendenciera. Te invito Male, a que te conectes con tu más forro egoismo, para poder -de verdad, con amor-, salir de él, y salir -por fin- de esa locurita horrible de ponerte como el puto ejemplo de todo. A ver, a ver, a ver, ¿Qué mierda me pasa?¿Quién mierda me creo que soy? Male es lo que es, y al fin de cuentas… soy yo el enroscado hijo de puta que más exige algo que no hay; por eso tengo que aflojar, si: aflojar con todo esto. Mejor, mejor voy a comprar la puta yerba y listo. Punto. Se acabó. Julián, ahora sí: andá. 

El vacío -esa fina sinergia que produce la ausencia física del otrx amadx- se completa, se plenifica en la ideología de pareja (como un acto reflejo) a través de interpretaciones cargadas: de culpa, de miedos: a quedarte sin nada, sin pan, sin la torta, a que el lecho se rompa, a que el pozo ciego te mire y te inunde y te quedes chiquita, chiquito, acurrucado, sin la mantita suave; el pupo recién salido para afuera quedó así y no hay vuelta que darle: lo vas a llevar toda la vida. La culpa es invasiva y cuando la sentís… todo lo tiñe; al punto de que el compromiso ético más alto implica hacer carne la responsabilidad de alojar todo aquello que no gobernamos de nosotrxs mismxs. Las manchas en la piel, el agujero de ozono abierto, roto, inconsciente, cada vez más, por los pasados que merodean, los traumas, las costras de caca en la sabana de la abuela pueden llegar a ser la vía perfecta de un daño irreversible, a la vez que involuntario. Dañar lo que se ama quizá sea la mayor tragedia de la civilización. 

Nunca te quise – (hacer mal), mi amor.

Pero no puedo decirlo. Me rompe los huevos. Male, me rompe los huevos. Y me siento mi Tío Oscar hablando así. Pero me está empezando a gustar hablar como el Tío Oscar. Y si, hay que purgar.

Purgar, 

purgar,

Estoy podrido de las concesiones.

Avenida Lacroze es un desfile: un chabon sin una pierna y sucio camina con su muleta a los pedos. Intento corregir el tercer párrafo de la segunda página del guión. Me pido un café que sale quemado, quemado por un venezolano mega explotado, estallado, que no le pone ni un poco de onda a su miserable vida migrante para hacer un buen café con leche acá, en el Museo de la fotografía. Por eso, intento relajarme, trato de concentrarme, pero al lado de la ventana una mina, con un cartón de leche y un pucho colgando en los labios feos de su boca podrida me pide una moneda. “No tengo efectivo loca, perdón”, le digo. Y al rato cae un chabón, igual de sucio, igual de roto, igual de podrido. Y Male, otra vez, un mensaje de WhatsApp. No la soporto, ¿qué quiere? ¿qué busca? No lo abro para no clavarle el visto y entrar en esa manija horrible y culposa. No sé, no sé qué le pasa, no sé qué quiere ya, a esta altura. Todo, todo, todo lo que diga estará expuesto a una convocatoria a repensar y repensarme y ya está, ya basta. ¿Qué espera? Male espera cosas que no sé, no sé y no puedo darle; certezas, iniciativa, suelos firmes, proyectos cancheros, piolas, saliditas, pibes, vacaciones, un finde en mardel, no sé, no lo tengo claro, ni yo sé qué mierda busco y quiero conmigo, con ella. Y Male no sé qué hace, ni cómo espera curar con amor lo que se sana con otras decisiones.

 

Tercera parte acá.

Ilustración: Natalia Aguerre