Este domingo, al caer la noche, se sabrá el resultado de las elecciones más importantes y disputadas de la historia de Brasil. Nunca antes se habían enfrentado dos líderes de masas de la magnitud de Luis Ignacio Lula da Silva y Jair Messias Bolsonaro. En esta nota, un análisis pormenorizado de los porcentajes que dejaron los comicios generales de octubre, a la luz de una certeza: el bolsonarismo, lejos de ser un fenómeno irracional, es hijo de la propia dinámica social que genera un ecosistema capaz de politizar el resentimiento.

 

Tardei, mas cheguei, enfim

La dramática carrera presidencial por el sillón del Palacio de la Alvorada concluirá, finalmente, este domingo 30 de octubre. Al caer la noche, se sabrá el resultado de las elecciones más importantes y disputadas de la historia de Brasil. Nunca antes el país había atravesado unas elecciones tan reñidas. Pero, sobre todo, nunca antes se habían enfrentado dos líderes de masas de la magnitud de Luis Ignacio Lula da Silva y Jair Messias Bolsonaro. Los resultados, por su dimensión y envergadura, tendrán sensibles implicancias más allá de las fronteras del gigante sudamericano.

Junto a la nueva presidencia, también se decidirá la gobernación de 12 de las 27 unidades federativas del país donde los candidatos no superaron el 50% de los votos válidos. De este modo, se terminará de dibujar la imagen del poder político que gobernará el país durante los próximos años.

En la carrera presidencial, la fórmula encabezada por Luis Ignacio Lula da Silva lleva la ventaja. En la primera vuelta, el 2 de octubre, obtuvo el 48,43%, superando por poco más de seis millones de votos a la fórmula Bolsonaro – Braga Netto, que obtuvo el 43,20%. De esta manera, los dos principales candidatos sumaron el 91,63% de los votos válidos, lo que supuso la mayor concentración y polarización de votos en la historia del país. Por otro lado, el 8,37% restante – un poco menos de diez millones de votos – se dividió entre el resto de los candidatos.

Los resultados de la primera vuelta produjeron un efecto paradójico. Pese a que Lula fue claramente el ganador de la contienda, el resultado que obtuvo Bolsonaro generó perplejidad y desazón en sus contrincantes, al tiempo que levantó la moral y envalentonó a las filas propias. No solamente Bolsonaro conseguía posicionarse de manera competitiva para la segunda vuelta, sino que además lograba incrementar notablemente su presencia en las demás categorías -gobernadores, senadores y diputados-, ampliando su espacio político aún más con respecto al 2018.

La sorpresa que se produjo  fue grande, ya que durante semanas los estudios de opinión, transmitidos día y noche en los principales medios de comunicación, arrojaban una intención de votos para Bolsonaro de entre el 33% y el 35%. Este resultado fue finalmente superado con creces.

No obstante, existían varios elementos que sugerían mantener cierta cautela a la hora de abordar una lectura sobre la intención de votos. El primero es que la base social del bolsonarismo es fuertemente reactiva a los estudios de opinión, así como a los medios tradicionales de comunicación. Esto dificulta la capacidad de reflejar en las encuestas a ese sector social. En segundo lugar,  – y paradójicamente, de manera inversa a lo ocurrido en 2018- el “clima de opinión” construido por los medios de comunicación hegemónicos esta vez no era favorable a Bolsonaro, lo que generó un fuerte “voto vergüenza”. Por último, la propia dinámica de la polarización generó un efecto particular: a medida que las encuestas sugerían la posibilidad de una victoria de Lula en primera vuelta, es probable que se haya dado una migración de “votos útiles” de otros candidatos hacia Bolsonaro. De esta manera, se “adelantó” la propia mecánica de la segunda vuelta. 

Sin embargo, la pregunta más importante no es tanto si tal o cual elemento técnico falló a la hora de realizar una lectura lo más acertada posible. Lo que verdaderamente debería interesarnos es por qué las militancias, que poseen cierta capilaridad social, tienen tantas dificultades para captar cierta temperatura social. Más aún si se considera que no es la primera vez que esto sucede.

Los resultados de las elecciones de medio término del 2021 en Argentina cayeron como un baldazo de agua fría para el oficialismo, pese a contar en su interior con importantes movimientos sociales o sindicatos, que deberían fungir como vasos comunicantes de las bases sociales con el “arriba”. Algo similar puede pensarse sobre lo ocurrido con el referéndum constitucional en Chile este mismo año.

¿De donde proviene la dificultad para leer hacia dónde sopla el viento? ¿En qué puntos se encuentran las interferencias que no permiten escuchar con mayor claridad? Y, sobre todo, ¿no son acaso estas dificultades deudoras a las propias carencias para leer qué es lo que se está enfrentando?  

 

Pra cada «adeus» um nó 

En el primer turno de estas elecciones en Brasil, la participación electoral se mantuvo dentro del promedio histórico, con un nivel de abstención similar al del 2018. Por su parte, los votos en blanco y nulos disminuyeron drásticamente, alcanzando tan solo el 4,4%: el valor más bajo de la historia del país.

En este sentido, es posible suponer que tanto la abstención como el voto bronca se mantendrán en promedios similares al de la primera vuelta. De ser así, la elección entre los dos candidatos que pasan a balotaje se determinará por el reparto de ese 8,37% que en primera vuelta optó por alguna de las otras fórmulas. Esto coloca en una clara ventaja aritmética a Lula, quien para alcanzar el 50% de los votos solo deberá obtener 1,8 millones de votos más que en la primera vuelta. Es decir, el 22% de los votos que obtuvieron Tebet y Ciro Gomes en la primera vuelta. Por su parte, para poder revertir la elección, Bolsonaro debería conquistar 8 de cada 10 votos que en primera instancia hayan ido a los candidatos y candidatas que quedaron fuera.

Sin embargo, los resultados de las elecciones presidenciales no pueden analizarse por fuera de los resultados generales. En el poder legislativo, se renovaron el conjunto de miembros de la cámara de diputados, conformada por 513 bancas (distribuidas proporcionalmente según el tamaño de cada estado) y un tercio de la cámara de senadores, es decir 27 de los 81 miembros. El resultado fue un importante crecimiento de la derecha. 

En la cámara baja, el Partido Liberal (PL) – encabezado por Bolsonaro- consiguió  posicionarse como la primera minoría del recinto con 99 diputados. Por su parte, la Federación Esperanza, liderada por el PT e integrada junto al PCdoB y el PV,  obtuvo 80 bancas.

A este cuadro, se suman 59 diputados que consiguió União Brasil (UB) – encabezado por la senadora federal por Mato Grosso del Sur y ex-candidata a presidenta, Soraya Thronicke-. Se trata del partido mediante el cual el exjuez que encabezó la persecución política contra Lula, Sergio Moro, consiguió una banca en el Senado. A estos se añaden 47 diputados del Partido Progresistas (PP) y 41 del Partido Republicano Brasileiro (PRB). Tanto el PP como el PRB acompañaron la candidatura de Bolsonaro.

Estos tres partidos (UB, PP, PRB), conforman lo que se conoce como el Centrão: un grupo de parlamentarios “fisiológicos” que intercambian votos a cambio de recursos y prebendas. Una suerte de poder permanente con el cual todos los gobiernos tienen que lidiar y fue parte de la ingeniería militar de la transición democrática.

En lo que respecta al Senado, de las 27 bancas en juego, 14 candidatos apoyados por el bolsonarismo fueron elegidos. Por su parte, el Partido de los Trabajadores (PT) consiguió 8 bancas, mientras que el Movimiento Democrático Brasileño (MDB) no conformará la principal fuerza del Senado por primera vez desde el fin de la dictadura.

Durante la presidencia de Jair Bolsonaro, la cámara de senadores fue el recinto menos alineado con el poder ejecutivo. A partir de los resultados de estos comicios, es posible prever que el importante desembarco del bolsonarismo en el senado -entre quienes se encuentran varias figuras que ocuparon espacios ministeriales durante el gobierno de extrema derecha- tendrá repercusiones más allá del tratamiento ordinario de leyes.  

El Senado tiene entre sus facultades “procesar y juzgar delitos de responsabilidad” tanto a la Presidencia como a ministros del Supremo Tribunal Federal (STF), la máxima instancia del poder judicial brasileño y uno de los órganos que más enfrentamientos tuvo con el bolsonarismo.

Luego de varios enfrentamientos e impugnaciones cruzadas, en una reunión ministerial del 22 de mayo de 2020, Bolsonaro les transmitió a dos generales claves de su gabinete, Walter Braga Netto -actual candidato a vicepresidente- y Luiz Eduardo Ramos -de la Secretaría de Estado- la decisión de intervenir el Supremo Tribunal Federal (STF). La filtración de esa conversación terminó de romper la tensa relación entre el STF y el Ejecutivo. El punto de tensión más fuerte llegó el 7 de septiembre del año siguiente: aprovechando la fecha patria -día de la independencia- Bolsonaro convocó una movilización contra el TSF, cargado de una fuerte retórica beligerante. Si bien ninguna de estas amenazadas concluyeron en medidas concretas, sí lograron tensar de manera decisiva la relación.

Un mayor control del Senado por parte del bolsonarismo supone una menor capacidad de maniobra del TSF contra Bolsonaro. A la vez, el año que viene llegará el pedido de retiro de dos miembros claves del TSF indicados por Lula y Dilma: el de Rosa Weber y Ricardo Lewandowski. Es el Senado el que aprueba las candidaturas, por lo que será difícil que se apoye una propuesta progresista o alineada con el Lulismo.

 

Que Santo vai brigar por você?

La primera vuelta electoral dejó como saldo 15 gobernadores electos de las 27 unidades federativas del país. Dos de los tres estados más grandes del país, Minas Gerais y Río de Janeiro, ya eligieron gobernador en la primera vuelta. Por su parte, en São Paulo, virtual capital económica del país y cuya población de más de 46 millones de habitantes representa el 22,16% del padrón electoral, se irá a balotaje.

En Minas Gerais, fue reelecto el actual gobernador Roberto Zema (Partido Novo) con el 58,18% de los votos. Durante su campaña, Zema evitó posicionarse con respecto a la disputa presidencial, apostando por plebiscitar su gestión como gobernador. Sin embargo, terminado el primer turno declaró su apoyo a Bolsonaro para el balotaje presidencial. El candidato que Lula apoyó, Alexandre Kalil (PSD) consiguió el 35% de los votos, mientras que en la categoría presidencial el candidato del PT consiguió el 48% de los votos del estado. Esto significa que en la primera vuelta hubo un voto cruzado: Lula para la categoría presidencial y Zema para la gobernación. El interrogante que se abre es si, para la segunda vuelta, Roberto Zema logrará traccionar votos para Bolsonaro. Si esto sucede, disminuiría la desventaja con la que parte el candidato de ultraderecha.

Por otro lado, Nikolas Ferreira (PL) de tan solo 26 años consiguió posicionarse como el diputado federal más votado del país. Proveniente de una familia de pastores, Nikolas se describe a sí mismo como “cristiano, conservador y defensor de la familia”. Es coordinador del Movimiento Direita Minas y su carrera política se centra principalmente en las redes sociales.

En Río de Janeiro, ganó en primera vuelta Cláudio Castro (PL) con el 58,67%. Muy por detrás quedó el candidato apoyado por Lula, Marcelo Freixo (PSB) quien alcanzó tan solo el 27,38%. En el estado se combinan dos componentes que hay que tener presente. En primer lugar, es el estado con mayor concentración de población evangélica, con una gran extensión de iglesias conservadoras y sus expresiones políticas. En segundo lugar, es el estado con mayor presencia de Milicias (grupos vinculados al gran crimen organizado), razón por la cual tiene una de las ciudades más violentas del mundo.

Según una investigación realizada por Josué Medeiros, politólogo y coordinador del Observatorio Político y Electoral de la UFRJ, Bolsonaro obtuvo el 53% de los votos en las zonas controladas por las milicias, mientras que Lula consiguió tan solo el 39% de los votos. Además, según indica el informe, en las áreas donde crece la influencia de las milicias también se observa un crecimiento del voto bolsonarista.

Por su parte, São Paulo fue el estado que más reflejó la polarización y cierta dinámica electoral a nivel nacional. Hasta último momento, las encuestas daban por ganador al candidato del PT, Fernando Hadad, con una ventaja de diez puntos contra el exministro de Infraestructura en el gobierno de Bolsonaro, Tarcísio de Freitas (Republicanos). Sin embargo, contra el pronóstico de las encuestas Tarcísio logró posicionarse primero con el 42,32% seguido por Fernando Hadad, quien obtuvo el 35,70%.

De esta manera, luego de 28 años de gobiernos consecutivos del PSDB en São Paulo, los tucanos quedarán fuera de juego. La caída del PSDB, uno de los partidos más importantes desde la transición democrática, resulta estrepitosa en todas las áreas de gobierno. Luego de haber actuado como una pieza clave en las conspiraciones palaciegas contra el PT, los tucanos destruyeron su propio sustento político. Esto abrió la puerta a una extrema derecha que no fue solamente contra el PT, sino contra todo el sistema político construido desde la transición, incluyendo el propio espacio de centro derecha que el PSDB (y sus derivados) ocupaban.

En el caso de que Tarcísio de Freitas gane la gobernación el partido político de la Iglesia Universal del Reino de Dios, el Partido Republicanos, será el gobierno del estado más importante e influyente del país. Esto le permite tener influencia en el directorio de las importantes empresas públicas en São Paulo, puestos clave de fundaciones que albergan espacios culturales y mediáticos e incluso influencia en Universidades como la USP, Unicamp y Unesp.

A diferencia de otras iglesias evangélicas, la Iglesia Universal del Reino de Dios mantiene un férreo sistema jerárquico de funcionamiento. La construcción del partido Republicanos no está directamente vinculada con un propósito evangelizador (actividad reservada a la actividad de la iglesia y sus feligreses), sino a conseguir recursos y espacios de poder que les permita aumentar su área de influencia. Para este propósito, un eventual desembarco en el Templo dos Bandeirantes significa una oportunidad inmensa.

 

Eu soltei meus demônios para passear

El bolsonarismo es la forma nacional que asume la emergencia de fuerzas de extrema derecha a nivel global. En la última década, estas vienen cobrando cada vez más potencia. Es una expresión local que traduce – a sus temperaturas y latitudes – una respuesta reaccionaria a la crisis que azota al mundo.

O mito, como llaman a Bolsonaro sus seguidores, se imagina a sí mismo como una suerte de heredero de la dictadura de 1964 que no acepta los consensos de la transición democrática pactada por los propios militares. Lidera una alianza de ultraderecha que cuenta con una altísima capilaridad social y una enorme penetración estatal. Pero, a diferencia de la derecha tradicional, no concibe su poder únicamente en el apalancamiento de los resortes del estado, sino que, por el contrario, ancla su fortaleza en la movilización de su base social, caracterizada por una fuerte aversión contra las instituciones republicanas y la democracia liberal.

Su andamiaje político se sustenta en lo que se conoce como las bancadas de la Triple B, en referencia la Bala, la Biblia y el Buey. Se trata de un conjunto de poderes de lobby, con mucha capacidad de financiamiento, que pugna por imponer sus reaccionarias agendas. La Bala refiere a la industria armamentística, vinculada a las policías militares, las asociaciones de CAC (colecionadores, atiradores, caçadores) e importantes firmas como Taurus Armas S.A. La Biblia, a los mercaderes de la fe, que cuentan con el padrinaje del multimillonario Edir Macedo, dueño de la Iglesia Universal del Reino de Dios y del grupo mediático Record, el segundo más grande del país después de TVGlobo. Y el Buey refiere al sector ligado al agronegocio y el latifundio, en uno de los países con los mayores latifundios del mundo.

Lejos de ser una mera expresión política de los sectores de poder, el bolsonarismo se percibe a sí mismo como una fuerza revolucionaria de derecha que enfrenta al “poder establecido”. Esta misma naturaleza le confiere una relación tensa y hasta confrontativa con el bloque de poder. Este último ve al bolsonarismo como excesivamente autónomo respecto a su control e incluso, por momentos, como una fuerza peligrosa.

En contra de quienes ven en el surgimiento y crecimiento de la extrema derecha pura irracionalidad, es la propia dinámica social, erguida sobre una racionalidad neoliberal y cuyo tempo está marcado por el pulso de la crisis, la que genera un ecosistema que permite politizar el resentimiento social. Una sociedad cada vez más fragmentada e individualizada, donde la brutal competencia se impone como mecanismo de sobrevivencia, resulta en una sociedad cada vez menos articulada a través de lazos de solidaridad y reconocimiento mutuo. Una sociedad cada vez más fracturada cuya integración depende de manera creciente del consumo, anhelado como una bocanada de libertad efectiva, pero cada vez más vedado para amplias porciones de la población, resulta en una sociedad cada vez más violenta, llena de miedo y ansiedad.

Al final de cuentas, ¿en qué se diferencia la violenta retórica del bolsonarismo con la tranquila conciencia de quien apura el paso para llegar a tiempo a ver en el cine una emotiva película sobre la desigualdad social, mientras pasa al lado de alguien buscando en la basura algo para comer? Frente a un sistema social que se desintegra, ¿qué alternativas ofrecemos quienes ofrecemos una sociedad más justa?

El bolsonarismo, como expresión política, es el resultado de múltiples fracturas sociales, políticas e institucionales que han ido hilvanando sus actuales contornos. Más allá del resultado electoral, la extrema derecha seguirá siendo un actor relevante de la vida política del gigante sudamericano y, por ende, del continente todo. Una victoria electoral contra el bolsonarismo resulta imprescindible, pero insuficiente para enterrar al bolsonarismo en el basurero de la historia. En un momento de tanta incertidumbre podemos abrigar dos certezas: que lo único que se puede predecir es la necesidad de luchar y que a la podredumbre de un mundo que se descompone solo se la puede combatir con la esperanza de un mundo nuevo. 

Foto: Ricardo Stuckert