¿Qué significa sacar el bastón de mariscal de la mochila? Evidentemente, la consigna no apela a una acción literal, pero sí a una propuesta plagada de sentidos en este momento, donde todo se desdibuja en la vorágine de los acontecimientos, la lejanía de horizontes que nos abracen a todes, en la apatía del quehacer cotidiano.  

 

Las frases suelen encerrar lugares comunes. Son como un resumen de ideas que se han elaborado con anterioridad, una suerte de aforismos que suelen encerrar algunas verdades. O al menos eso intentan. Los comentarios de les antiperonistas, por ejemplo, cuando le echan la culpa de todo a su némesis política, el archienemigo histórico y a la vez su secreta razón de ser son una de estas impiadosas construcciones de sentido. Uno de los lugares comunes dentro de este imaginario es el que sitúa a la sociedad como ‘rehén’ de la famosa e impostergable interna peronista. Es gracioso pero no da risa: la realidad viene demostrando que en esta afirmación algo verídico hay, porque los últimos años han dejado en evidencia que Argentina necesita imperiosamente que el peronismo resuelva su interna.

Listo, quedó escrito. Y no desde el planteo de una sociedad rehén que mira espantada –continuando con el imaginario antiperonista– cómo se ve imposibilitada de progresar por culpa de uno o varios desacuerdos políticos. Los desencuentros dentro de las fuerzas políticas ocurren, sobre todo en tiempos electorales. Así y todo, acá hay un temita por atender.

Para que logremos salir de este embrollo nacional, el peronismo tiene que resolver su interna porque es la única fuerza política capaz de reacomodar, dentro de un marco de viabilidad, a los diversos componentes de la economía nacional. Suena sencillo y no lo es, sobre todo en estos tiempos convulsionados donde la dirigencia está más centrada en las candidaturas, el armado de listas electorales y en el ruido político endogámico más que en otras cuestiones. Es difícil hacerle el aguante a un proyecto político que ni siquiera nos está proponiendo algo, por no hablar de las tremendas omisiones que este gobierno hace incluso para con su propies electores, dejando de hacer y dejando hacer a otros factores de poder. Esto es consecuencia y no causa: el problema fue que el armado del FdT obedece más a un imperativo de retomar el gobierno que de fijar bases en común para gobernar. 

Ojo al piojo. No es que no existan otras fuerzas políticas en nuestro país. Que las hay las hay, son muchas y gran parte de ellas están sosteniendo toda la estructura social que la concentración de los ingresos está haciendo trastabillar en las complejidades de los territorios. Son cuerpos, luchas, organización y resistencia. El planteo va por otro lugar. Si hablamos de fuerzas políticas con capacidad de parir gobiernos, nos quedan dos grandes actores –o actrices, para reivindicar esta capacidad partera- sobre el escenario de la política nacional. Una es el peronismo, tal cual lo mencionábamos y más allá de su interna. La otra es el antiperonismo, igual de convocante y con capacidad de traernos calamidades del tipo *Macri devaluando porque se levantó de mal humor. Y no es que todos los gobiernos paridos por el peronismo fueron un carnaval de felicidad popular y grandeza nacional, pero sí hubo excepciones a la regla que, con una mirada retrospectiva y poniendo en juego componentes históricos, pueden llegar a convertirse en indicativos de por dónde podríamos seguirla. Como para que no se corte esta idea loca de tener dignidad y vivir bien, o al menos mitigando los malestares sociales de la desocupación y la pobreza.  

Y he aquí el primer obstáculo: en los últimos años, el peronismo no le resolvió la vida a nadie. El laissez- faire de Alberto ha perjudicado a la gran mayoría de les laburantes que ven reducida mes a mes su capacidad de compra. Alta paradoja, la de sostener a un movimiento político cuyo actual gobierno nada tiene para mostrar ni para proponer. Porque si vamos a los números, crecer, lo que se dice crecer, crecimos. Después del cimbronazo que la pandemia produjo en la actividad económica a nivel global y regional el Producto Bruto Interno argentino tuvo una buena recuperación. En el 2021, creció un 10,3% con respecto al fatídico y encuarentenado 2020. El 2022 también fue un año de crecimiento, con un incremento del 5,2% en el PBI. Entonces, si el conjunto de la economía pudo no solo recuperarse después de la pandemia sino incluso crecer un poco más de los valores de 2019, ¿cómo es que, en lo cotidiano, no nos dan los números? Por supuesto, la inflación asoma como la principal responsable. 

Extraños tiempos donde la desocupación está baja pero la pobreza alta: ya ni los laburantes podemos asegurarnos condiciones mínimas para un buen vivir porque los numeritos inflacionarios nos vuelan los pelos. Y si bien la inflación de nuestro país no es un problema nuevo -vaya que no- el hecho de que haya una capa considerable de la sociedad que labura pero que aun así no le alcanza, sí es algo novedoso. Trágico, pero novedoso. Entonces asoma la cuestión de fondo (no del Fondo, que ya es otro temita). El asunto es que crecimos, pero no en los salarios de les laburantes. No se ha distribuido ese crecimiento. El ingreso se concentró y la mayoría la vemos pasar, mientras nos ajustamos y malabareamos como podemos. Ups, mala mía, dijo nadie nunca.

Analicemos las variables. El peronismo tiene que resolver su interna para retomar el contacto con la realidad que una parte de sí mismo pretende transformar. Es derrotar el “no se puede” albertista y volver a ser esa fuerza política capaz de dar respuestas a la sociedad. Se puede hacer crecer la economía, sí, pero ya pensar en intervenir para distribuir parece algo salido del libreto gubernamental. ¿Será que asoma la noción que se tiene de la política como una gran administradora de la realidad? Posiblemente, y quizás también -de paso cañazo- entendamos la sustancial diferencia entre esta concepción y la que pregonaba que a la realidad se la transforma justamente con esa misma herramienta que es la política. Garantizar las ganancias a los que siempre ganan no es suficiente: es necesario intervenir en el proceso de acumulación para hacerlo menos inequitativo. Y con una idea subyacente de administrar lo que se tiene enfrente esto no se logra, no se concreta, ni siquiera se delinea. Además, ¿con qué propuestas se puede interpelar a una sociedad entrampada en esta concepción de administrar las injusticias? 

Para proponer bastaría con darle continuidad a los ejes de discusión que se instalaron años atrás, empezando por el el fifty-fifty en la repartición del ingreso, o por aquellos mecanismos de control de precios de productos básicos que sí funcionaron en el pasado. Por supuesto también tenemos asuntos más ligados al futuro inmediato, como es el tema del litio y la posibilidad de exportarlo con valor agregado. Y ya en un terreno más alejado desde el punto de vista de lo realizable a corto plazo queda por ver qué va a pasar con la hidrovía y el proyecto del Canal Madgalena, o cómo un país tan extenso como el nuestro puede prescindir de un entramado vial y ferroviario con perspectiva federal, por caso. Suena pretencioso, osado, inverosímil e incluso difícil por no decir imposible, pero la propia historia da testimonio de que los laureles que supimos conseguir fueron el fruto de mucha audacia y capacidad de persistir más allá de las feroces reacciones, que las va a haber y las hay por mucho menos. 

Si hablamos de reaccionar ante un país que busca soberanía y de poner palos en la rueda para evitar que esto suceda, tenemos a la derecha. El antiperonismo en sus diferentes expresiones no concibe un proyecto de país viable; al contrario, siempre se ata al financiamiento externo con su consecuente endeudamiento, desindustrializa a la par que abre irrestrictamente la economía, y centra todas sus energías y esfuerzos en negar y obstaculizar las realizaciones del peronismo. Esto no sorprende a nadie, y nos hace volver nuestra mirada, hambrienta de horizontes de posibilidades, hacia las fauces de un peronismo que se desencontró consigo mismo y no consigue arrancar.  

Es en este contexto en el que Cristina pide que cada dirigente y militante tome su bastón de mariscal. Parecería ser una forma de abrir el juego que trasciende la necesidad de diseñar una estrategia electoral de cara a lo que se viene este año. El problema es que no hay una continuidad del proceso político que ella y Néstor Kirchner encarnaron desde 2003. No se habla mucho de esos años salvo en casos puntuales. Es como si imperara un silencioso pero eficaz manto de olvido. 

 

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Los vaivenes del momento particular que nos convoca invitan a pensarnos en clave política pero también militante: quizás el bastón de mariscal sea algo más tangible de lo que imaginamos. Y, si pudiéramos olvidar la vorágine electoralista, tal vez veríamos que necesitamos sembrar las bases desde el lugar en que nos situemos, recomponiendo paulatinamente la capacidad de intervenir en la escena, ya sean las calles o el escenario de los debates que la sociedad se da a sí misma. Para eso hace falta vertebrar algunas ideas sobre el posible devenir de nuestra Patria. Es recomponer lo disgregado, lo atomizado y las subjetividades hiperindividualizadas, para lograr organizarnos más allá del ganar o perder.

La pantallización de lo cotidiano reduce a los discursos sociales al nivel de un ensamble de registros personales: se desdibujó la interpelación a los plurales, al conjunto, al pueblo, a la sociedad. Cada diálogo es una interacción entre individualidades que intentan imponer recíprocamente sus visiones de mundo a partir de las experiencias que comparten. Fragmentar la atención es también dificultar el pensamiento procesual y por lo tanto la mirada histórica de los fenómenos y del mundo social: ¿cómo se elaboran los pensamientos y sus procesos cuando un estímulo visual te distrae y te sitúa siempre al comienzo de alguna nueva información? 

¿Dónde quedó lo nacional–popular, cómo lo interpelamos y desde dónde lo conceptualizamos, ahora que todo está fragmentado? ¿Cómo construir esta interpelación a las generaciones que no tienen experiencias de resistencia común frente al atropello neoliberal (exceptuando quizás alguna durante los años del macrismo) ni de consolidación de proyectos políticos colectivos? Con todas estas nuevas formas y esquemas de comunicarnos en los que estamos inmerses, si hablamos de recomponer también tenemos que salir a seducir a una sociedad que no es la misma que la que supimos interpelar hace -apenas- quince años. Y eso requiere nuevas y mejores herramientas. Ahí está el desafío, tender puentes intergeneracionales para volver a poner en juego las memorias de otras épocas que guardamos bajo la nostalgia de los años felices que supimos engendrar como pueblo y como nación. 

Si no existe ese acercamiento, cualquier discurso que traiga una suerte de nostalgia kirchnerista será leído como un conjunto de hechos y realizaciones que no se plasman en realidades concretas, mucho menos ahora donde las coyunturas han desdibujado las conquistas y sobre todo lo que nos costó conseguirlas. El punto fuerte está en la capacidad de instalar debates, dentro de los cuales podríamos tomar a las políticas de Derechos Humanos como uno de los más significativos. Ahí está el mambo, en el aguante que tuvimos para apoyar y concretar esos debates y sus demandas. Y ese es el principal desencuentro con la actualidad: este gobierno no tiene aguante porque no se la jugó por nosotres, es decir, por el conjunto. Y por eso la mística se desdibujó con una velocidad pasmosa, como si nunca hubiera existido. 

Este desvanecimiento no es gratuito, mucho menos en clave electoral. Si el FdT pierde en octubre la lección histórica más importante de asimilar será acordar que no basta con retener un cargo o un distrito si no se va a gobernar para mejorar las condiciones de vida de las mayorías. Con esto retomamos la necesidad de delinear un horizonte de posibilidades, una capacidad de convocatoria surgida de las realizaciones que vimos, construimos y defendimos cuando fue necesario. Volver a las fuentes bien podría ser empezar a mirar el 2003, sobre todo cuando la coyuntura nos arrincone y quedemos casi obligades a pagarle al FMI en condiciones para nada favorables a nuestros bienestares. Porque, mi pequeño saltamontes tiktokero, hubo años donde el Fondo no decidía sobre nuestras arcas ni sobre el funcionamiento de nuestra economía, pero para eso hizo falta espalda económica, audacia política y capacidad de enfrentarse a las consecuencias.

 

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Bueno, es que falta conducción, dirá alguien, no sin cierta verdad. La dirigencia en su conjunto parece estar despegada de los problemas de la sociedad, por no decir directamente que están en Narnia. ¿Y cuál es, si al final de cuentas, como dice ese viejo aforismo sostenido por las organizaciones sociales como un mantra, ‘sólo el pueblo salvará al pueblo’?  Quién sabe. Quizás sacar el bastón de mariscal sea un puñado de acciones mínimas pero potentes. Practicar la afectuosidad, la escucha atenta, empatizar con lo social y socializar la empatía. Poner en evidencia la necesidad de pensar nuevamente en conjunto. Revincularnos. A esta altura hay muchas dudas con respecto a la idea de que el amor venza al odio, pero no por eso se deja de intentarlo. Hablemos pues, escribamos, empecemos a debatir hasta encontrarnos. Y ahí, en el abrazo intangible de las palabras, empezarán a resonar los ecos de lo nuestro, el suelo sagrado por el que nos jugamos tanto, eso que muchas veces se nombra como la Patria.

 

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