El siglo XXI presenta nuevos desafíos para la emancipación latinoamericana. La defensa de la soberanía y la construcción de una vida digna ya no se juegan entre bayonetas y ejércitos y los libertadores de nuestro tiempo no usan charreteras ni cabalgan mulas. A veces, son casi anónimos, como los pibes de la Cooperativa Fray Luis Beltrán, que ponen su creatividad y su trabajo al servicio de la democratización del acceso a la tecnología y la sustentabilidad, promoviendo la reutilización de “chatarra” electrónica. La historia continúa por otros medios: del cruce de los Andes a achicar la brecha digital.

En 1816, el Fray Luis Beltrán fundió las campanas de los monasterios de El Plumerillo, Mendoza, para construir los cañones que acompañarían a las huestes del General José de San Martín en el cruce de los Andes. Esas campanas situadas en iglesias lejanas, seguramente escuchadas solo por quien las hacía sonar, se transformaron, con conocimiento y trabajo, en herramientas de lucha contra las tropas del Imperio Español. 

Beltrán resignificó gigantes artefactos de metal, dándole así otro uso a algo que ya no cumplía su función original. Hoy, más de 200 años después, varios jóvenes de una cooperativa homónima de La Boca, reciclan y restauran componentes de la “basura electrónica” con el fin de construir comunidad para que no te dejen tirado. ¿Cuál es el objetivo? A través del reciclaje de computadoras en desuso y la formación de jóvenes en el oficio desde la educación popular, restauran el equipamiento para contribuir a satisfacer necesidades básicas, especialmente, las desplazadas al ámbito digital a partir de la pandemia.

Para conseguir una vacante en la escuela, sacar un turno médico, enviar y recibir correos electrónicos se necesita contar con un dispositivo que cuente con conectividad a Internet. Para muchas personas, todo esto es algo sencillo y cotidiano. Incluso lo hacemos desde el sillón o la cama, donde podemos redactar y mandar un correo o mensaje con el celular. Pero, ¿qué pasa cuando tenés que enviar un trabajo práctico, o disfrutar de un partido de fútbol y no contás con algún dispositivo y/o conexión a Internet? Una situación que se agravó durante la pandemia y el aislamiento social. Lo que ya era engorroso se volvió prácticamente imposible sin dispositivos electrónicos. Hablamos de hacer un trámite a distancia, conseguir una computadora, trabajar, estudiar. Tareas cotidianas que, a esta altura del partido, también son esenciales. Ante esta situación, un grupo de pibes -como les gusta llamarse-, decidió tomar cartas en el asunto con los recursos que tenían a mano.

¿Cómo empezó todo? Haciendo un poco de historia contemporánea, deberíamos remitirnos al año 1996, cuando se creó el merendero del Movimiento Popular Los Pibes, en el barrio de Caminito, y desde ese entonces se fue transformando en distintos espacios según lo que el barrio iba necesitando en cada momento y lo que la situación histórica les demandaba y permitía. Esa construcción colectiva fue conformando una comunidad barrial que articula hoy alrededor de 70 familias, según cuenta Oliverio, integrante de la cooperativa. 

En el año 2004, en plena crisis económica, política y social, se reubican en lo que era una antigua fábrica de motores de lanchas que desde hacía varios años se encontraba abandonada y en desuso. Este antiguo espacio dedicado a la industria de la navegación, curiosamente, es donde hizo pie la cooperativa Fray Luis Beltrán para embarcarse en la aventura de democratizar la conectividad y que jóvenes del barrio puedan acceder a navegar por Internet. También es el hogar de una escuelita de boxeo, un comedor comunitario, una radio -la FM Riachuelo- y otros proyectos productivos que conviven y se organizan de forma comunitaria y cooperativa.

Como cualquier fábrica abandonada, que de nuevo solo tenía lo simbólico, estaba lejos de ser el espacio que es hoy. Mugre, escombros y olores varios le dieron la bienvenida a estos pibes en su nuevo hogar. Llegaba la hora de diagramar cómo y dónde se iban a materializar todas las ideas que iban surgiendo y con esto aparecían también los problemas. Las viejas oficinas de la fábrica no funcionaban para las propuestas que ellos tenían, porque necesitaban lugares amplios para el taller y el depósito. Había que refaccionar, tirar abajo paredes, reconstruir.

De una forma similar a Beltrán en Mendoza, se enfrentaron a la primera remodelación que, aunque no implicó fundir toneladas de hierro, si aportó a la construcción de su relato fundacional. Cuando derribaron una de las paredes de Durlock se encontraron con que compartían el espacio con un nido de ratas. No sabemos cómo se resolvió el problema de las ratas, pero tampoco nos incumbe. Lo increíble, fue lo que apareció debajo del nido: un sobre sucio y cerrado, cuya procedencia y fecha siguen siendo una incógnita, contenía en su interior una bandera de Estados Unidos.

Durante los primeros meses del 2020 la cooperativa recibió entre 50 y 60 notebooks de todo tipo para reparar. Fue una situación crítica. Tenían que solucionar un problema de urgencia para quienes necesitaban sus computadoras. Por eso, en diciembre de ese año plantearon la necesidad de formarse de manera autodidacta en la reparación y el mantenimiento de aquellos equipos. Estos talleres abiertos permitieron consolidar ciertas bases de organización y conocimiento colectivo, para después ser transmitidas, ya como colectivo, a otros vecinos y vecinas del barrio.

En palabras de Oliverio: “Nosotros no reparamos computadoras como un servicio técnico; sino que damos el espacio y las herramientas y le enseñamos a reparar a quien lo necesite”. De esta manera intentan cortar un circuito de consumo y comercialización fuertemente condicionado por empresas monopólicas que replican esquemas de dominación y donde siempre se depende de un otro con más recursos y conocimiento. Desde hace casi dos años se encuentran en un constante proceso de aprendizaje y socialización de saberes sobre las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) para ir solucionando los inconvenientes que surgen, que no son pocos.

Actualmente la cooperativa forma parte de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), una organización política y social donde se organizan y articulan con otros espacios en distintas provincias del país para forjar vínculos y proyectos productivos en comunidad. Participan en talleres con otras cooperativas que, en vez de tener su eje en las computadoras y los electrónicos, producen, por ejemplo, alimentos agroecológicos. Entre las distintas experiencias productivas se comparten aprendizajes y proyectos, y hasta intercambian bolsones de verdura por computadoras o reparaciones.

A través de donaciones de particulares reciben computadoras y componentes con los cuales, luego de reacondicionarlos y probar su correcto funcionamiento, arman computadoras completas listas para ser utilizadas por quién las necesite. Uno de los modelos, “Patria”, cuesta una décima parte de un Salario Mínimo, pero también tienen para ofrecer el “Malvinas” o el “Martín Miguel de Güemes”, según el perfil de uso de la persona que lo solicite. Con la venta de estos modelos se bancan económicamente pero, en definitiva, el precio es simbólico. Cuando llega alguien del barrio precisando un equipo, lo primero es invitarlo a conocer el taller donde los anfitriones convidan un guiso mientras conversan sobre cómo trabajan y se organizan. El trueque también es muy bien recibido: una vez un herrero se llevó satisfecho su computadora a cambio de un trabajo de herrería para el taller.

¿Pero qué sucede con los componentes que no encuentran una utilidad en el armado de computadoras porque simplemente no funcionan? La solución también viene de la mano de la economía popular. Casi la totalidad de los componentes se puede reciclar; como la chapa de los gabinetes, el plástico y el cobre de las placas de circuitos o PCB. No es una tarea sencilla, y todavía están aprendiendo sobre estos procesos pero, luego de identificar los materiales de los componentes, se los entregan a otras cooperativas de reciclaje.

Un ejemplo de construcción colectiva que resuelve problemas con los recursos a mano, gambeteando monopolios y construyendo organización territorial y comunidad. Al igual que las campanas fundidas de los monasterios en Mendoza, que se transformaron en herramientas de lucha contra el Imperio Español, la Cooperativa Fray Luis Beltrán resignifica la «basura electrónica» y construye una comunidad solidaria y autosuficiente en el largo plazo. Algo tan difícil como cruzar la cordillera de los Andes a mula y liberar un continente hace un par de siglos; y a la vez posible, si se cuenta con apoyo popular.

 

Para colaborar con la cooperativa Fray Luis Beltrán te podés contactar a través de su Instagram o de su Facebook.