Las palabras y los discursos viajan autónomos, veloces y sin obstáculos. El par amor-odio impulsado por la coyuntura se utiliza como un vector para leer la escena política de forma inmediata pero ¿pertenecen amor-odio solo al plano del discurso? ¿Qué se afirma cuando sin más se habla de discursos de odio? ¿Estamos tan seguros de que el odio es siempre de los otros? A continuación una reflexión sobre amor y odio como discursos, como pasiones, como política en medio de las actuales convulsiones.

Alguien quiso matar a Cristina. No importa quién. La fuerza del anonimato fue capturada por las fuerzas del poder mediático, judicial y terapéutico. “Es un loco suelto”, es una frase que individualiza y patologiza el carácter colectivo de las tendencias fascistas que recorren el campo social. Hoy la potencia del odio es canalizada por el devenir fascista del malestar, porque el fascismo es una politización reactiva de las pasiones.

No se trata de discursos de odio, se trata de pasiones y actos. Lo primero que se ven son cuerpos, no discursos. Los hechos refutan la ingenua política de las emociones en la que el amor vencería al odio. Nada más abstracto, más cristiano, más progre, que la separación entre amor y odio.

No hay amorosidad sin agresividad. El amor a nuestras amistades implica enemistades concretas. El odio tiene un potencial sensorial y cognitivo, que no podemos regalarle al enemigo. Necesitamos disputarle el odio a los fascistas y el amor al progresismo.

Los intelectuales y las militancias, los periodistas y los políticos, nosotros mismos no hemos hecho más que interpretar los discursos de odio de diferentes maneras. Pero se trata de inventar nuevas pasiones: nuevas tristezas y alegrías, nuevos amores y odios. Otra sensualidad, otra ternura, otra violencia.

Amar también es odiar todo aquello que reduce nuestras vidas al trabajo, a la impotencia, a la desesperación. Hablo del odio dirigido contra nuestra vida. El rechazo de este mundo coincide con la enemistad contra esta vida.

Odiar nuestra vida es la única manera de poder llegar a cambiarla. Si “tener una vida” es igual a tener proyectos, pareja o seguidores, entonces la vida es nuestro problema. Lo viviente está parasitado por la vida zombi, y para vivir sin ser vividos hay que rechazar esta vida.

Nuestro odio es una afirmación amorosa de lo vivo, contra la reducción de la vida al yo-marca. Esta estrategia afectiva nos sumerge en el malestar de querer vivir y no saber cómo hacerlo. Nuestras pasiones amargas, como la bronca y el resentimiento, pueden ser entonces una brújula para aprender a vivir.

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Cuando la realidad se confunde con el modo de vida neoliberal, solo nos queda rechazar la realidad. Su realidad, la de ellos, que es la nuestra solo a condición de una profunda derrota anímica. Sin embargo, su realidad no es la única realidad: hay luchas y síntomas que se resisten a adaptarse a este mundo.

No necesitamos conocer esta realidad, tan tomada por el régimen mediático de la obviedad, de la opinión y la impotencia. Nuestra verdad no se desprende de ninguna información sobre este mundo. Nuestra verdad es un desplazamiento, un saber del cuerpo, una defensa de nuestros mundos. Con ella afirmamos todo aquello que en nosotros no cabe en esta vida. Querer vivir es resistir desde la inadecuación.

Nuestra verdad es un síntoma: la intimidad común de los que no encajamos. No podemos, no sabemos ni queremos cuajar en esta realidad. Somos una anomalía, un error del sistema, por eso nos odian y por eso nosotros también los odiamos.

El odio del que hablo no tiene nada que ver con odiar al otro. No es odio de clase, odio legítimo, odio justo. Estas formas de odio no siempre liberan: se pueden hundir en la crueldad, la indiferencia y el miedo. Son abstractas, alimentan la esperanza, cuando ya no hay nada que esperar, de nadie, en ninguna parte.

Hay un odio primero, una agresividad que es la fibra del amor a nuestros amigos y lleva a traicionar al enemigo que nos habita. Este odio implica conectar con nuestra propia fragilidad. El odio de los débiles es contraviolencia. Y primero se dirige contra uno mismo, contra esta vida que llevamos que es sumisa y aburrida.

Rechazando mi vida, rechazo su mundo. Ser enemigos de esta realidad implica odiar esta vida. No amigarse con la vidita de mierda, ya que solo la bronca dice una verdad del mundo y de nosotros mismos. Nuestra verdad emerge de un sentimiento de rabia.

Nuestra ira es tan profunda que interrumpe toda forma de amor moral y puro, desprovista de rencor, enojo y conflicto. Amor sin alma ni cuerpo. Hay un hartazgo que es condición de asumir el riesgo de apropiarnos de nuestra vida.

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Ellos nos odian por el solo hecho de existir. Detestan nuestras formas de hacer mundos. Y por eso el amor a nuestros vínculos, afectos, saberes y territorios, consiste en convertir los modos de existir en formas de luchar. Afirmar nuestras anomalías.

Esta afirmación conlleva una negación bien concreta: un rechazo de este mundo, un antagonismo sensible contra su realidad. Repudio de la violencia asesina de la normalidad fascista, que se nutre de nuestras miserias y deseos más oscuros. Todos podemos estar atravesados por las pasiones fascistas, ya que son nuestro espejo tan temido.

La bronca es una coartada para no entregarse. Para no ceder a los discursos progres del amor y a las capturas fascistas del odio. El desafío es politizar las pasiones contra la despolitización de la vida, de las militancias, del pensamiento. Si la democracia es reducida a un hecho formal y la política deviene espectáculo comunicacional, necesitamos transformar la impotencia privatizada en rabia politizada.

El amor y el odio abstractos confiscan las pasiones, las depuran de conflicto. Nos disciplinan y vuelven obedientes. Esta grieta de las pasiones es la base de una conciliación abstracta en el plano de las categorías jurídicas y las fuerzas políticas. Sin embargo, en nuestros resentimientos se gestan saberes, insumisiones y estrategias. Y en ese sentido no conducen a la paz o la unidad, sino a la confrontación y el enfrentamiento.

Al contrario de lo que creen los intelectuales progresistas, el odio puede ser una pasión alegre, una fuerza que aumente nuestra potencia de actuar, sentir y pensar. Y el amor puede ser una pasión triste. Una energía desencantada, sumida en la ilusión y la ineficacia. Hay una alianza vital entre agresividad y vulnerabilidad, donde el odio puede ser una fuerza capaz de revertir injusticias y desigualdades.

En el principio no están ni el odio ni el amor. Antes que nada, existe el querer vivir, donde el dolor y el placer se funden, donde la amistad y la enemistad se mezclan. El odio libera, afirma la violencia propia de lo vivo. Es un sabotaje contra esta vida, que nos mata lentamente.

Nuestro odio es un amor concreto: hace de nuestra vida el campo de batallas y del querer vivir un rechazo de la muerte que en vida nos dan.

 

Foto: Carlos Sainz