Escenas de intimismo político: un recuerdo sobre las históricas jornadas del 2001, la izquierda ganando en Chile en la actualidad y el exilio político a Suecia en los 70. 

Si de simbolismos se trata, el lunes 20 de diciembre se cumplieron 20 años de las jornadas históricas del 2001. Y el domingo (o sea 19) fueron las elecciones en Chile y ganó el candidato Gabriel Boric, asumiendo por primera vez después del derrocamiento de Allende y posterior dictadura, un candidato de izquierda. Este diciembre tuvo, sin buscarlo, doble condimento. En Estocolmo -donde estoy ahora- entre los chilenos y chilenas que fueron a votar, la victoria de Apruebo Dignidad fue aplastante: 94% frente al 6% de Antonio Kast. El detalle complementario que le resta romanticismo al asunto es que votaron 1700 personas de una población de casi 30.000; Suecia es el tercer país extranjero con mayor cantidad de chilenos y chilenas después de Argentina y Estados Unidos.   

Muchos de ellos vinieron a Suecia, igual que mis padres, amparados por un gobierno que le abrió las puertas a las exiliadas y exiliados latinoamericanos cuando por nuestras tierras acechaban las dictaduras militares de los 70. Un gobierno sensible a la clase obrera, mentor del sistema de bienestar y la ampliación de los sistemas públicos, crítico de la Guerra de Vietnam, simpatizante de Palestina y hasta de Fidel Castro. Olof Palme, un socialdemócrata demasiado a la izquierda para el mapa europeo, terminó con un tiro en el pecho cuando salía del cine el 28 de febrero de 1986, en una noche de frío invernal, a solo diez cuadras de donde estoy tomando un café ahora mismo. Después de 34 años, la Justicia sueca (léase, justicia del primer mundo -que digo- primerísimo) archivó el caso de magnicidio tras nunca poder esclarecerlo y habiendo ya muerto el principal sospechoso, un publicista sueco de 52 años del que poco podría suponerse. 

Mi amiga más amiga de Suecia es chilena, mi cuñada es chilena y mi “padrino” también: un obrero apenas escolarizado que se tuvo que exiliar a Suecia cuando Pinochet rompió toda la experiencia socialista que por primera vez ganaba unas elecciones en el mundo; y nunca más volvió. Quedamos en juntarnos el domingo: voy a proponerle un brindis por el Chile que fue y por el que se viene.    

Hoy, Estocolmo está decorada al extremo con luces navideñas en sus principales calles céntricas y los locales están atiborrados de gente abrigada con bolsas de compras en sus manos. Escucho sueco e intento entender las conversaciones y aunque la mayoría de las veces me quedo en el camino -y pese la cantidad de años que no lo hablo- logro comunicarme, aceptar o rechazar ofrecimientos de complementos en la comida, tomar café con mi torta preferida (debería llevar esa receta a Sudamérica, si es que nadie lo hizo aún) o entender porque mi tarjeta de crédito demora más que otras. A las tres de la tarde el sol comenzó a esconderse, hay menos tres grados y por momentos caen copitos de nieve muy chiquitos. A mi no me molestan, al contrario.  

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Nací un 31 de diciembre en un hospital público de Estocolmo, un día festivo y de mucho frío, de un invierno particularmente hostil. Técnicamente ya era democracia en Argentina, por lo que ya no soy producto del exilio de mis padres, pero en los hechos sí lo fue. Ellos preferían que tuviera la nacionalidad europea en caso de que en América Latina volvieran tiempos tumultuosos y tuviéramos o tuviera que irme, como quien ya vio la misma película un par de veces. Nos volvimos al Río de la Plata a fines del 86, cuando después de unos breves estudios de campo, evaluaron que el peligro mayor ya no estaba. Todo es relativo, porque al poco tiempo de llegar mientras viajábamos los cuatro -los viejos, mi hermano y yo- a bordo de un colectivo, la policía hizo uno de sus usuales requisas y quiso llevarse detenido a mi viejo con la excusa de averiguación de antecedentes. Mi madre hizo tal quilombo arriba del bondi y les gritó en la cara que ya estábamos en democracia, qué si no se habían enterado, que los tipos desistieron de la actividad persecutoria. Nos devolvieron los documentos y siguieron su camino.  

Yo supe por mi viejo que él había estado preso cuando tenía siete años, una edad suficiente para entender pero no tanto. Dividí el mundo entre buenos y malos: mi papá era bueno y los militares, los malos. Así de sencillo todo, no veía el problema en contarlo a cercanos o extraños porque la cosa era muy clara para mí. Corrían los 90 y yo iba a una escuela primaria pública en Villa Pueyrredón, donde no se hablaba de la dictadura en las currículas o peor aún, se la reivindicaba con cuadros y saludos al ejército y sus actos de valentía firmados por exalumnos aún a principios de los 80. Un día, él me sentó y me explicó que mejor no lo contara siempre ni tampoco a cualquiera, que hay cosas que seguramente entendería un poco más de grande. Mi hermano, cinco años mayor y probablemente con una cercanía a la conciencia real del asunto bastante más desarrollada que yo, me retó una tarde cuando volvíamos de la escuela porque le había soltado muy ligeramente esa información a un amiguito de él, vecino del barrio. – Mi papá estuvo preso, conté orgullosa. Vaya uno a saber cuál era la parte de orgullo que mi yo de pequeña sentía fundamental, pero a mí se me hacía una actitud heroica. Después de la mirada inquisidora de mi hermano y las charlas con mi papá, dejé de contarlo. De hecho, asumí por varios años la actitud contraria: negar la dictadura como parte sustancial de las decisiones de idas y vueltas de la familia. Empecé a decir que mis padres habían trabajado y vivido en Suecia y que por eso yo había nacido allá. La versión era más cool y me evitaba un montón de preguntas: ecuación resuelta.

El secundario fue un escenario híbrido: la escuela Rodolfo Walsh tenía una catarata de profesores con una mirada más cercana a este lado de la vida, pero la época cargaba aún varios tabúes encima. Yo cursaba 4to año en el 2001 y egresé en el 2002: teníamos centro de estudiantes pero todavía nos amenazaba la policía en una estación de tren sí íbamos a la marcha por la Noche de los Lápices; teníamos las jornadas del 19 y 20 en la punta de la nariz, pero también La Masacre de Floresta o la de Puente Pueyrredón a la vuelta de la esquina. Tengo una sucesión de imágenes sobre lo que fue para mí ese estallido social donde se mezclan las asambleas del barrio a las que asistía casi religiosamente, las ollas populares y el tren blanco de cartoneros, el chico que me gustaba de la FEDE (Federación Juvenil Comunista), los grafitis en la pared del curso, el ir a bailar con un peso en el bolsillo, o la cara de angustia de los padres y madres de mis amistades porque nadie llegaba a fin de mes y sus hijos comían lo más barato del super, que era pura mierda. Les egresados 2001 de mi escuela se hicieron un buzo de diseño a puro climax histórico: el fondo no era de color verde manzana o azul francia como estaba de moda, sino un estampado de avisos clasificados de diario. En el frente decía “Egresados 2001” y en la espalda “Desocupados 2002”. Es increíble como en una época en donde todo se rompía, todo ardía: prenderse fuego debería ser sinónimo de estar más vivos que nunca.

Fue quizás un par de años después, cuando retomé la facultad y empecé a coquetear de nuevo con la militancia estudiantil, que me volvió a parecer pertinente ampliar esa cuota informativa respecto a mi procedencia: en los circuitos más movilizados era incluso un plus que otorgaba cierta sensibilidad y reconocimiento. 

El contexto de época de la primera década de los 2000 en Argentina luego de la crisis del 2001, permitió una explosión (y una multiplicidad) de expresiones y miradas de izquierda, progresistas, latinoamericanistas y otros istas igual de interesantes. La dictadura como hecho y trauma social fue revisado, discutido y sobre todo, sacado de las sombras. La imagen icónica de bajar el cuadro fue el paralelo de poder volver a nombrar lo innombrable. 

Ya no tuve miedo ni vergüenza de contar donde había nacido ni por qué; y en esas pequeñas batallas también estaba el terreno ganado. Pasé a ser “la sueca” en algún momento, un apodo cariñoso que no se debe para nada a mi aspecto físico, sino más bien a esta historia. Cuando logré hacerla propia, con ella vinieron las de más atrás, las de generaciones pasadas, y ahí entendí que no se empieza nunca de cero. Supongo que mi sangre, como la historia, acumula pero nunca borra.