¿Cómo surge nuestro Estado-nación? A través de recorrer fragmentos, maquinarias imaginativas, deseos y proyecciones sobre una tierra considerada un desierto, el escritor Carlos Godoy se propone trazar la silueta de un conflicto-desencuentro originario que aún determina el modo de vivir el suelo que habitamos.

 

Un enemigo natural

Así como los telescopios espaciales son lanzados al espacio exterior con el objetivo de recolectar información sobre la luz y con eso, quizás, obtener detalles sobre cómo es que se originó el universo; información pertinente para develar la naturaleza de su expansión y, por lo tanto, de nuestro devenir como especie. Esta sección se propone indagar en la documentación a la que podemos acceder sobre el origen de nuestro Estado nación, con la intención de echar luz sobre cuáles fueron las proyecciones, los deseos y las maquinarias imaginativas, que hoy en la actualidad persisten y operan sobre la configuración de nuestra identidad. 

La identidad de un país ordenada por la burocracia positivista bajo la forma de un Estado siempre sienta sus bases sobre una guerra literal o simbólica contra un enemigo real o simbólico representado por otro país o, como es en el caso de Argentina, por la geografía, el paisaje, la nada. El proyecto de Estado nación argentino se monta sobre la guerra, no contra las poblaciones nativas como lo hizo la conquista española, sino contra el desierto. La proyección natural como ciudadanos herederos de las prácticas románicas católicas del hispanismo, nos llevaron a recurrir a la práctica de la conquista como el único modo posible de poseer el territorio. Por ello es que se llamó Conquista del desierto a la campaña de anexo del sur patagónico luego de la guerra de la triple alianza contra el Paraguay. Y así es como lo plantea Tulio Halperín Donghi, el historiador especialista en pensamiento desarrollista argentino, en su trabajo más reconocido: Una nación para el desierto argentino (1982) donde toma como referencia el pensamiento de Bartolomé Mitre, Sarmiento y Juan Bautista Alberdi como proyectos ordenadores en comparación a los proyectos de Rosas y Roca. 

La premisa de Halperín Donghi parte de la traducción o adaptación de modelos europeos ordenadores sobre un territorio desencajado, polivalente y pagano. Mediante un análisis lineal y cronológico da cuenta de las diversas hazañas de los proyectos liberales argentinos que permitieron un crecimiento económico y poblacional muy veloz entre la sanción de la constitución argentina en 1853 y la generación del 80. La palabra “transformación” recorre el texto a lo largo de toda su extensión en una suerte de alegoría civilizatoria en la que se transforma a un desierto en una nación próspera como, tal vez, lo realizaría Israel en el desierto expropiado a los Palestinos luego de la segunda guerra mundial. 

Nada desconocido hasta acá: la nación argentina cuyo proceso independentista autogestivo dió inicio en el mes de mayo de 1810, traza los lineamientos geopolíticos y configura, así, una idea de país, de ciudadanía y de orden a partir de una inmigración que no era la esperada (Sarmiento hubiera preferido una inmigración anglicana, más disciplinada y abocada a la acumulación) y la expansión hacia un territorio denominado “desierto” donde todavía persistían en su existencia poblaciones nativas y criollos e inmigrantes exiliados. Una premisa productivo-civilizatoria cuya praxis se manifiesta en la domesticación del paisaje.

 

El juego de inversión

Más como un manifiesto a favor de la contingencia que como una respuesta a la visión ordenadora de Tulio Halperín Donghi, el crítico literario Fermín Rodríguez publicó en el año 2010 el libro Un desierto para la nación: la escritura del vacío. En el que se propone indagar sobre los proyectos imaginarios en torno al desierto y su peso, como maquinaria imaginativa, que perduran como una huella genética en la visión constante, incluso de autores contemporáneos, sobre el desierto. Lo que hace Rodríguez, y nos sirve a nosotros los que nos aventuramos en la búsqueda de respuestas al fracaso de un proyecto de país, es realizar un compendio, una red de citas de un corpus de literatura que planteó algún tipo de reflexión o descripción sobre el desierto. 

Cómo es que en la matriz civilizatoria, que es una extensión de la matriz evangelizadora y que es la herramienta conceptual de la conquista -al menos la católica-, el desierto es un significante vacío que debe ser llenado no solo con nociones, proyectos y literatura; sino, fundamentalmente con un idea de nación, de país y de Estado. Y, tal vez, en ese ejercicio conceptual de ocupar la tierra se encuentre la explicación de porque hay un desfasaje en el deseo de un modelo de país que no se corresponde ni con la historia, ni con los habitantes, ni con las cosmovisiones, ni con los deseos de los propios ciudadanos.

 

El descubrimiento de un nuevo mundo

Quizás para intentar dar con el caldo primitivo de una nación imaginada, debamos rastrear los primeros relatos de conquistadores y exploradores aventureros que miraron este territorio con sus ojos alucinados.

Los diarios de la conquista son relatos del encuentro con lo extraño. El imaginario de la literatura medieval cruzado con el paisaje exótico, colorido y sofocante produjo una literatura fantasiosa muy distante a los modos descriptivos más contemporáneos con los que contamos para abordar los objetos de estudio. 

En el diario de abordo que llevó Cristóbal Colón durante su primer viaje, aflora una literatura plagada de detalles fantásticos y delirantes. El miércoles 9 de enero de 1493, navegando entre los 72 y 73 grados longitud oeste a bordo de La Niña, mientras hace su racconto del día cuenta, al pasar, que el día anterior vieron unas sirenas: 

“El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dijo que vio tres sirenas, que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo también que otras veces vió algunas en Guinea, en las costas de Manegueta.”

Años después el teólogo dominico fray Bartolomé de Las Casas, que dedicó gran parte de su vida al estudio de los diarios de Colón, concluyó que se trataban de manatíes. 

Algo similar sucede con las crónicas de los primeros misioneros que llegan al Perú y se topan con la flor del mburucuyá, como se la conoce en el litoral argentino, o flor de la pasionaria. Los misioneros notaron en la arquitectura de la flor, con sus pistilos rojos que simulaban una cruz y una especie de corona de espinas puntiagudas alrededor, la evidente referencia a la pasión de Cristo y bajo esa revelación allí dieron inicio a su misión evangélica.

Volviendo a Un desierto para la nación, Rodríguez selecciona algunos fragmentos de exploradores naturalistas que recorrieron la Argentina como Darwin, Humboldt y se detiene en un pasaje de Días de ocio en la patagonia (1892) de William Hudson donde cuenta que un gaucho se burla de los anteojos que lleva un inglés. Le dice que esos vidrios ocultan la pureza de sus ojos y por lo tanto de su pensamiento. El inglés primero se defiende alegando que es una herramienta, una prótesis necesaria ante su problema, un defecto o “enfermedad” que carga en su vista y luego intenta convencer al gaucho de que se los pruebe hasta que lo logra. Cuando el gaucho accede a ponerse esos anteojitos pequeños y ridículos de inglés del siglo XIX ve el mundo, su mundo, con otra nitidez, con otros colores, con otra pregnancia. La realidad del gaucho cambió por completo gracias a esos vidrios mágicos y, maravillado por esa nueva visión que le ofreció el inglesito, el gaucho no se sacó nunca más los anteojitos ridículos ni para cabalgar.

Esos anteojos, esos vidrios con aumento recetados para un problema de visión, son un ejemplo práctico que por un lado apela a la visión, a la mirada, a la maquinaria óptica de los ojos posándose sobre los objetos y construyendo una relato sobre la realidad. Y por otro al ejercicio de traducción que propone la conquista, la exploración, la domesticación civilizatoria. Esa traducción puede darse como una imposición o como una negociación, porque todos los que escribimos y traducimos, sabemos que la traducción literaria en realidad no existe; que lo único que existe es la subjetiva y tirana interpretación. Esos anteojos europeizantes, son los que traducen, o mejor, interpretan el desierto donde en realidad hay un ecosistema y una biodiversidad que no todos los ojos pueden percibir o, más claro, que no solo con los ojos se puede interpretar. 

Traducción del presente

El problema en los países colonizados siempre es un problema de traducción. En tanto se tome como herramienta de representatividad la cosmovisión y el imaginario del viajero, ya sea en formato conquistador, naturalista del siglo XIX, filántropo del XX o ambientalista del siglo XXI, en tanto prevalezca el lenguaje del viajero con sus conceptualizaciones, con su slang y la geografía de su patria materna impresa en la retina, siempre habrá un desfasaje entre la interpretación del presente y el modo de vivirlo. 

Dicho de un modo más directo: los ciudadanos latinoamericanos persistimos en una idea sobre el presente que también tenían las civilizaciones precoloniales. Nosotros no interpretamos el presente, simplemente lo atravesamos, lo transitamos sin mucha abstracción, sin conceptualización, con las herramientas instintivas e inteligibles que nos brinda el territorio. Quizás ese sea el problema semántico del desierto, el desierto no es el vacío: el desierto es lo inentendible, lo inabordable o, con una mirada marxista: lo que el capital considera necesario cambiar. 

En el año 2020, durante el 250 aniversario del nacimiento de Manuel Belgrano, el Centro Cultural Kirchner realizó un podcast llamado Ey! Patria mía haciendo intertexto con la última frase que dijo el prócer en su lecho de muerte: “Ay! Patria mía”. En ese podcast el historiador Javier Trímboli entrevista a diferentes personalidades de la cultura preguntando sobre la patria. En el capítulo 4 el invitado es el poeta Sergio Raimondi quien al ser interrogado propone, citando a los diarios de Manuel Belgrano, una “patria de la contingencia”. En este sentido habla, como en toda su obra de poética, del capital como el mayor agente transformador del paisaje, lo que podría trasladarse al imaginario en torno al desierto como la simple operación del capital en su ímpetu de transformar el paisaje: traducirlo. Y quizás, esa traducción del capital, sea su primer ejercicio extractivista. Un extractivismo simbólico que es el apuntalamiento hacia el extractivismo literal. 

Pero volviendo a esta “patria de la contingencia”, Raimondi cuenta que Belgrano fue un político muy comprometido con la coyuntura, en esa especie de estado en trance, de vibración social que Benjamin llamó “sujeto de conocimiento histórico”. Y como tal, con esa conciencia mayor sobre el presente, en su obra es posible rastrear una hipótesis: en el origen hay tanto caos como en el presente. La figura de Belgrano permite borrar cualquier visión esencialista sobre el pasado porque el pasado, como el presente es caótico, conflictivo, difuso, o, en palabras de Manuel Belgrano: “contingente”. Lo contingente como ese accidente que se desprende o manifiesta dentro de la ebullición constante del caos y que decanta en un factor determinante para la historia, los proyectos de los Estados y los seres que lo habitan. La inestabilidad y la incertidumbre como motor de una identidad local que no tiene nada que ver con el proyecto de país importado por la historia liberal argentina que busca ordenar el paisaje para la deglución del extractivismo.

 

Ilustración: Juan Soto 

Foto de perfil: Jaime Olivos