Sin repetir y sin soplar: 5 escritores paraguayos. Exacto. La literatura paraguaya es tan sorprendentemente cercana geográfica e históricamente como misteriosa para nuestro medio. Tal es así que se ha llegado a afirmar su inexistencia. Mario Castells se encarga de desmentirlo minuciosamente en una introducción en dos partes. Un territorio literario para descubrir ahora mismo, en un viaje desde los tiempos de la colonia hasta la actualidad. En esta entrega: una prueba pericial sobre la indubitable existencia, orígenes y formas de la literatura en el Paraguay.

 

La voz sometida

Mucho se ha abusado del lugar común del raquitismo y aún la “inexistencia” de la literatura en el Paraguay. Esgrimido como argumento racista, el problema del guaraní como obstáculo, como agente que atrofia la producción literaria nacional, todavía no se ha desactivado. Más recientemente se caracterizó que esta rémora se debía a la incapacidad de sus élites intelectuales y a la falta de una crítica que forjara un andamiaje teórico y político que pudiera aguantar los barquinazos de su avatar histórico. Otra trama de la verdad es, sin embargo, que la mayoría de los críticos “latinoamericanistas” han recostado su desinterés en estas limitaciones. También ha faltado en ellos, históricamente, el resorte de la curiosidad. A partir de posturas colonialistas-canonicistas, no pudieron ni quisieron franquear las vallas que les impuso el guaraní como vehículo primordial de la cultura paraguaya ni supieron guiarse fuera de la biblioteca escarmenando el rico acervo de la literatura oral. Ésta, como se verá, tiene en el Paraguay una importancia fundamental: desde el cancionero y refranero popular hasta los relatos cosmogónicos de las naciones originarias. 

Sin embargo, ni aún hoy, a medio siglo de editado el Ayvu Rapyta, estos intelectuales de formación e intereses colonialistas (los españoles son un cliché) entienden, como señala Martín Lienhard en La voz y su huella (1990), que transformar las fuentes etnohistóricas, la visión de los vencidos, en literatura de alternativa […] es más que un cambio de etiqueta. Es el reconocimiento que estas poblaciones, si bien derrotadas, medio asimiladas o marginadas, no dejan de seguir su reflexión literaria sobre el mundo”. Prístino manantial de la memoria fluyente, la mejor “literatura” que se produjo en el Paraguay es de origen oral y circulación comunitaria.

A su vez, aunque tosca e insípida, la literatura hecha por criollos tiene su relativa importancia, entre otros, autores como Luis de Miranda, Ruiz Díaz de Guzmán o el revulsivo Arcediano de la Catedral de Asunción, Martín del Barco Centenera. No produjeron éstos, seguro, obras comparables a las producidas en México o el Perú de la colonia. No tuvo el Paraguay el agrado de gestar un poeta como Sor Juana o Del Valle Caviedes, para nada. Por contraparte, el mismo José de Antequera y Castro, juez pesquisidor de origen panameño y máximo dirigente del primer levantamiento de los Comuneros de Asunción que pretendía que la autoridad del común fuese superior a la del Rey, —esto, a comienzos del siglo XVIII, antes de que Rousseau escribiera su famoso Contrato Social–, legó a la posteridad un triste soneto dedicado al tiempo, en las vísperas de su ejecución, en 1731.

 

Nación y estado, asuntos separados

Cuando el Paraguay logró su independencia, en mayo de 1811, era ya entonces una nación de fisonomía espiritual claramente definida. El surgimiento del Estado Nación aún hoy interpela a la sociedad paraguaya generándole interesantísimas discusiones. 

Entre los próceres de la independencia paraguaya figuraban hombres esclarecidos, capaces de interpretar al pueblo recién liberado y de sentar con lucidez intelectual las bases doctrinales para la instauración jurídica como entidad democrática autónoma”, sostiene Hugo Rodríguez-Alcalá (1968). Este asegura, además, que la caída de los planes culturales llegaron a una depresión tal que en vez de propagarse los establecimientos de enseñanza superior se suprimió el único que había legado la colonia: el Seminario. Con lo cual, “el Paraguay, que hasta entonces había irradiado doctrinas, hombres y bienes hacia todos los ámbitos de América, rompió toda comunicación con el mundo exterior. Comenzó el fabuloso enclaustramiento que iba a durar todo lo que duró la vida del Supremo dictador, artífice único (?) del notable experimento”. 

Por supuesto, el crítico se abstrae de la historia, desestima la lucha de facciones e intereses y sólo nos devela algunos pedazos desarticulados. Sin dudas, el proyecto de Estado que forjaron, primero el Supremo (José Gaspar Rodríguez de) Francia y luego Carlos Antonio López, va ligado irremediablemente a un proyecto de cultura nacional independiente. Si hubo una figura descollante en la intelectualidad paraguaya del siglo XIX, fue Francia, por la trascendencia de su obra de gobierno, vasta obra de creación y control de un proyecto de estado soberano. Su personalidad fascinó a los más importantes intelectuales europeos de su época, como Carlyle, que escribió una biografía del dictador basándose tan solo en Las cartas del reino del Terror, escritas por los hermanos Robertson) o Auguste Comte, quien le dedicó un día en su famoso calendario.

El análisis de la vasta producción escrita del dictador paraguayo”, escribe Nora Bouvet (1996), “muestra que el territorio autónomo no es un sentido previo de lo que el estado nacional debe ser sino que este se va conformando –adquiriendo forma- en la práctica constructiva del discurso autónomo…. Así es como, inexorablemente, la voz de la dictadura se impone, ya desde la primera dictadura, como la dictadura de la voz francista. 

«Más de cinco lustros de oscurantismo impuesto por el terror dejaron al Paraguay, a la muerte del Tirano, en un estado espiritual desastroso. Habían sido arruinadas las principales familias, fusilados los próceres, aplastada la élite intelectual del país. Sin clase dirigente, sin instituciones de cultura, los templos y escuelas amenazando ruina, el país en 1840, tras 26 años de tiranía, despertaba como Segismundo en su prisión, viendo entrar entre las rejas la luz desconocida de la libertad […] El suizo J. R. Rengger, que vivió en Paraguay desde 1819 hasta 1826, escribió que durante el terror enmudeció hasta la guitarra, compañera inseparable del paraguayo, apunta Rodríguez-Alcalá.      

El Paraguay, que solo llegó a ser un buen estado en tiempos de Francia, es, desde por lo menos el siglo XVII, una “buena” nación. Esta distinción entre estado y nación no es caprichosa. Todo el debate que se desarrolla en la arena de la cultura del país se entronca con el gran debate continental de civilización o barbarie. Debate que sirvió para tergiversar la historia y así justificar los crímenes más horrendos. Mas como infiere Bartomeu Melià: 

La teoría y la práctica de la asimilación cultural está basada sobre una falacia y tiene como efecto una situación exactamente contraria a la teóricamente proclamada. La falacia consiste en suponer que el modo y la cultura del colonizador es en todo superior […] Todo lo que está fuera de esa civilización es barbarie, de tal suerte que el colonizador tiene el deber de imponer el paso de la barbarie a la civilización y perseguir, aún con la guerra, a quien o quienes se resisten al cambio”.

Los vencedores de la Triple Alianza lograron con éxito, como sabemos, su obra civilizadora.

 

Terror y romanticismo

Volviendo a la mera enumeración histórica de periodos y autores veremos que, arrancando con los orígenes del estado nación independiente, surge una doble vertiente en la literatura paraguaya de escritura colonial: la del país propiamente dicho y la elaborada en destierro. 

Raúl Amaral divide el romanticismo paraguayo en tres etapas: una etapa precursora, una etapa romántica y una post-romántica. Algunos de los intelectuales y poetas que la integraron, fueron: Mariano Antonio Molas, Juan Andrés Gelly; el mismo Carlos Antonio López, cuya obra más importante es la creación del primer periódico El paraguayo independiente, en 1845; Idelfonso Bermejo, intelectual español contratado por Carlos Antonio López para forjar labores de publicista e intelectual de su régimen, autor de Vida paraguaya en tiempos de López; Natalicio Talavera, poeta y periodista muerto en Paso Pucú, durante la guerra; el Mariscal Francisco Solano López, autor de Cartas y proclamas, además de responsable de la aparición en el contexto de la contienda de los periódicos Cabichuí y Cacique Lambaré, el puntapié inicial de la literatura paraguaya de expresión guaraní; y, ligado también a esta experiencia, la voz mayor de la intelectualidad lopizta fue, sin dudas, el Coronel Juan Crisostomo Centurión, autor de Memorias o Reminiscencias históricas de la Guerra del Paraguay y de la nouvelle El viaje nocturno de Gualberto; el padre Fidel Maíz, ex-juez de sangre del Mariscal López durante la atroz confabulación de la Triple Alianza, autor de Etapas de mi vida, como así también Juan Silvano Godoi, el principal redactor de la constitución liberal de 1870. 

Fácil es disentir con Raúl Amaral, crítico nacionalista vinculado al revisionismo histórico, pues su operación consistió en desproblematizar la literatura paraguaya siguiendo pautas exógenas a las de la realidad política y cultural del país. Dividir la etapa romántica en tres períodos no solo es forzado sino un infundio. Ni siquiera deja en claro la caracterización del romanticismo paraguayo. Es en esta etapa de transformación tan extensa y caótica en la que se perfilan ya las problemáticas fundamentales de la literatura paraguaya, donde conviven tendencias disímiles y contradictorias: lo popular y lo culto se tensan y religan de tal modo que retozan y corcovean ante cualquier intento disciplinador.

Hay momentos cruciales en la historia de este país, en que su cultura parece querer emparejar, en ansioso aletazo, la actualidad extrafronteras. Uno de esos instantes lo perfila el pensamiento de los próceres de mayo, aplastado por la dictadura de Francia (1814-1842). Otra etapa actualizadora se desarrolla ambiciosa bajo el gobierno paternalista de Don Carlos Antonio López, obrero máximo de la cultura nacional (1844-1862). La interrumpe la guerra de cinco años que aniquiló población y nacientes instituciones, y prolongó inacabablemente sus secuelas, afirma Plá (1992).

Aunque estamos los que creemos que la primera generación intelectual del país fue la pergeñada por Carlos Antonio López, la primera que sin dudas pudo desarrollar un programa crítico, acorde a los intereses oligárquicos que la unificaban, fue la generación novecentista. Durante esta etapa, en 1889, se crea la Universidad Nacional y, con ella, la nueva élite intelectual: Cecilio Báez, Manuel Gondra, Ignacio A. Pane, Manuel Domínguez, los hermanos Juan Segundo y Juan José Decoud, Blas Garay, Juan E. O’Leary, (máximo exponente del culto a los héroes desde un perspectivismo hagiográfico y utilitario para con la ideología del Partido Colorado), etc. Así como también, las primeras intelectuales mujeres: Concepción Leyes de Chaves y Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez-Alcalá. 

Aunque la experiencia del periodismo de guerra y las obras destacadas de la generación previa esbozan un programa, la Guerra Grande como acápite tiende un manto de sombras sobre las estrategias culturales de esa generación. La novecentista, más allá de la revulsiva obra del joven anarquista español Rafael Barrett, expresa una cohesión mayor que hasta los debates que la dividen y solidifican. Así púes, pese a que muchos críticos hablan de una preponderancia de la historia por sobre la literatura podemos aseverar que lejos de ser la historia la disciplina mayor de esta generación lo que proliferó fue el ensayo literario con ribetes históricos, algo así como el ensayo de interpretación nacional en Argentina, una fabulación oligárquica que expresaba una perspectiva revisionista y otra, liberal.

A su vez, en esta generación ganan peso los aportes de escritores extranjeros radicados en el Paraguay; dos argentinos José Rodríguez Alcalá y Martín Goicochea Menéndez son tenidos como adalides aunque sus obras fueron muy pobres; no así la del políglota español Viriato Díaz-Pérez, autor de Las piedras del Guairá y La Revolución de los Comuneros del Paraguay y el más importante de todos, el activista anarquista español Rafael Barrett, autor de El dolor paraguayo, Lo que son los yerbales y Moralidades actuales. Su obra extraordinaria y menor, repleta de libros cargados de futuridad, revolucionó las letras paraguayas y sigue siendo contemporánea de la que se lee y escribe en la actualidad. Entre los poetas podemos destacar a Alejandro Guanes, autor de De paso por la vida; a Eloy Fariña Núñez, autor de Canto secular, a Narciso Ramón Colmán gran reivindicador de la poética del guaraní campesino con Ocara Potî (Okarapoty), autor también del gran poema épico Ñande îpî Cuéra (Ñande ypykuéra), una fabulación cosmogónica de los guaraníes en clave colonialista mundonovista que sin embargo no deja de ser un libro señero de la literatura guaraní del Paraguay. Este registro folclórico de lo guaraní estará presente en muchísimos poetas de la bohemia de los años 20 y 30: en Manuel Ortiz Guerrero, Darío Gómez Serrato, Facundo Recalde, Emiliano R. Fernández, etc. Y sería el sustrato de una larga serie poética ligada al mester de serenata de la canción popular.

 

Canción y teatro popular

A fines de la década del 20, la palabra Vanguardia en Paraguay estaba lejos de designar una tendencia artística enmarcada en la ruptura y la innovación. “Vanguardia era hacia 1928”, destaca Jorge Boccanera, “el nombre de un fortín boliviano incendiado por tropas paraguayas en el marco de una tensión que conllevó seguidamente a la ruptura de relaciones entre ambos países” (Boccanera en Roa Bastos 1999).  La guerra del Chaco no suscitó en el país una narrativa comparable a la que inspiró en Bolivia, pero proporcionó el primer sacudón para la renovación de las letras. Dos autores solamente pueden mencionarse, y obras, si bien interesantes, no del todo maduras. Por un lado, el largo poema de Arnaldo Valdovinos: El mutilado del agro y por otra, José S. Villarejo, con su volumen de cuentos Hooohh, lo saiyoby.

Lo mejor de este periodo se forja en la producción poética guaraní y en la canción popular. La guerra pergeña un gran periódico popular con tiradas masivas y poemas de exaltación nacionalista. El fanzine toma el nombre de un libro de Narciso Ramón Colmán y se transforma en arma de la defensa del Chaco: Ocara Poty Cue Mi (Okarapotykuemi). Esta plataforma forjada antes de la guerra pero fogoneada en las vicisitudes de la conflagración tiene como poeta emblema a Emiliano R. Fernandez que de guyra campana deviene el Tirteo Verde’o. El ciclo chaqueño de su poesía es el apytere de su obra, una producción más acorde para ser cantada en fiestas, mítines y serenatas que para ser leída en formato libro. Poesía que expresa como ningún otro género de la literatura/oratura paraguaya cierta visión popular de la identidad nacional, pues son, tal como aduce Wolf Lustig, canciones épicas en el sentido más auténtico de palabra: míticas e históricas al mismo tiempo que explican en forma narrativa como se autodefinía el pueblo «guaraní»-paraguayo en un momento crucial de su historia.

Este contexto, a su vez, alentó la creación del teatro guaraní por Julio Correa. Este autor de obras hoy clásicas de la literatura paraguaya emprendió una de las aventuras culturales más importantes y anónimas de la cultura latinoamericana. Correa enriqueció al teatro con la inclusión de personajes campesinos en papeles de importancia y significación y sus propósitos de construcción de un teatro militante no solo lo empujaron a proyectar la rebelión en la fundamentación ideológica de sus textos sino también en la escena, en la totalidad de sus posibilidades, llevando el teatro al encuentro de las masas campesinas. De su copiosa producción teatral —cerca de unas 20 piezas–, cinco muy conocidas y quizás las más importantes son Sandia yvyguy, Guerra aja, Tereho jevy fréntepe y Pleito rire, todas en guaraní, como así también Karu poka. Últimamente se ha reunido su obra poética y narrativa en un volumen, aunque ambas permanecen rezagadas detrás de su producción dramática.

 

 

Portada: El Cartel de Suarez