Si bien podríamos convenir que cuando hablamos de periodismo nos referimos a la práctica de la producción y difusión de información a partir de determinadas tecnologías que varían históricamente, el término sugiere múltiples debates. Se remontan a un largo tiempo atrás, pero mantienen plena vigencia y dividen aguas en la academia y la sociedad en general. ¿Es un oficio, una ciencia o una profesión? ¿Se limita a exponer la realidad o tiene la capacidad de construirla? ¿Existió desde la Antigüedad o es una invención moderna? ¿Cómo nace en nuestro país? ¿Puede ser neutral o es siempre parcial? ¿Es un aliado o un enemigo natural del poder?

 

(In)definiciones

La actividad periodística está marcada por rutinas que van desde la selección y concepción de temas, técnicas de reportería, fuentes autorizadas a hablar (y otras que no), hasta la puesta en escena de una noticia. Así lo afirma Ana María Miralles en su libro El periodismo como ciencia social. Para la autora, el periodismo no produce los sucesos, sino que habla de lo que otros producen. Sin embargo, tiene el poder de lo simbólico. De construir representaciones del mundo, de otorgar o negar visibilidad. 

Para Víctor Ducrot en La intencionalidad editorial, el  periodismo forma parte de la puja por el poder, ya sea para construirlo, defenderlo o modificarlo en su naturaleza. La práctica periodística produce y reproduce sentidos de clase como valores de aceptación universal; debe ser necesariamente objetiva y es necesariamente parcial. 

Mientras algunos conciben al periodismo como un oficio basado en el desarrollo de habilidades técnicas y prácticas, otros defienden su profesionalización y hasta su autonomía científica. Por ejemplo, el periodista e investigador alemán Otto Groth formuló su propuesta sobre la ciencia periodística considerando cuatro condiciones distintivas: periodicidad, actualidad, universalidad y difusión. Para Groth, sólo en el periodismo concurren al mismo tiempo estas características, lo que le otorga su carácter de fenómeno dotado de personalidad.

Quizás, remontarnos a los orígenes de la actividad nos permita hacernos una idea más clara de qué estamos hablando cuando hablamos de periodismo.

La pregunta sobre el origen

Ana María Risco, en su artículo Los orígenes del periodismo, evidencia una tensión incómoda entre los defensores de una práctica por su grado de modernidad, como producto de la evolución de la inventiva del ser humano, y los que la identifican por su grado de prestigio histórico-social, como práctica inherente a toda sociedad e identificable en todos los tiempos.

El alemán Karl Bücher sostuvo que la cuestión del origen de la prensa será muy distintamente solucionada según lo que se entienda por periódico. En el sentido que hoy tiene, el periódico no aparece hasta mucho después del surgimiento de la imprenta. Es en los comienzos de la Revolución Francesa cuando lo que podemos llamar “prensa moderna” adquiere un rápido desarrollo.

Pero considerando el periodismo como necesidad social -apunta Bücher-, como una necesidad sentida por los pueblos para relacionarse, para comunicarse, entonces podemos afirmar que el periodismo existió ya en los pueblos antiguos. Hay quien cree encontrar su cuna en la antigüedad griega, aunque otros aseguran que Grecia logró satisfacer esta necesidad por medio de heraldos e inscripciones.

Una gran cantidad de especialistas coinciden en que la primera manifestación material y concreta de este ejercicio sistemático de informar acerca de hechos de interés público son las Acta diurna populi romani, archivos que narran los acontecimientos de la República Romana, que hizo oficial Julio César en el año 59 A.C.

La pluma argenta

De la misma manera, si nos circunscribimos al origen del periodismo en nuestro país, no hallaríamos respuestas unívocas o enteramente consensuadas. El Doctor en Comunicación César Díaz, se pregunta en su artículo Manuel Belgrano, intelectual y periodista, a quién corresponde adjudicar el título de primer periodista rioplatense. 

Si consideramos que el periodista como militante de la libertad es un sembrador de estímulos y permanente descubridor de inquietudes, afirma Díaz, no dudaríamos que Manuel Belgrano fue el primer nativo que plasmó cabalmente el poder de la prensa periódica.

Ni bien fue nombrado al frente del Real Consulado de Buenos Aires como su primer y único Secretario hacia el final del siglo XVIII, Belgrano impulsó la impresión de las Memorias de esta institución, donde se expresaba pedagógicamente sobre -para la época- novedosas ideas de economía política, con el fin de que tuvieran difusión y penetraran en las conciencias de los funcionarios del Virreinato.

Y si de periódicos se trata, fue precisamente por impulso de Belgrano que surgiría más tarde, en 1801, El Telégrafo Mercantil, dirigido por el español Antonio Cabello y Mesa; mientras que sería Juan Hipólito Vieytes el primer argentino en dirigir un periódico, al frente del Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, un año más tarde. 

Sin embargo, desde 1938, en Argentina se celebra oficialmente el día del periodista cada 7 de Junio, en honor a la aparición de La Gaceta de Buenos Aires, publicación fundada por Mariano Moreno en 1810 y que hizo las veces de órgano de difusión de la Primera Junta de Gobierno.

Último momento

En la actualidad, los debates que atraviesan al periodismo son amplios y disímiles. Se problematiza su condición de actividad laboral, profesional y académica; su mercantilización, su vinculación con el campo de la comunicación, y su rol en la disputa de poder.

Es indudable que los avances en materia de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC`s) y los alcances de las regulaciones estatales al respecto, o la falta de ellas, moldean algunas de estas líneas de discusión. A su vez, si nos preguntamos cómo se hace periodismo hoy, las respuestas se complejizan abordando estos problemas enraizados en los diferentes territorios y contextos.

Cierta idea que enfrenta a los universos de las prácticas periodísticas “hegemónicas”, con aquellas “populares”, tuvo una derivación interesante en Argentina a partir de 2008. Fue precisamente desde el denominado “conflicto con el campo» (o sea, el debate parlamentario, social e ideológico en torno al proyecto de Ley de retenciones a las exportaciones presentado por la presidencia de la Nación). El rol de los medios, sus lugares de enunciación, así como sus estrategias discursivas e intereses quedaron expuestos como pocas veces a los ojos de sus audiencias y de la sociedad en general. 

Básicamente, fue allí que comenzó a abrirse una puja de características singulares entre aquellos medios de comunicación “hegemónicos” (Clarín, La Nación, etc.) y aquellos conglomerados de medios estatales o afines que intentaban dar la batalla comunicacional, disputar audiencias y sentidos con la misma beligerancia. 

De aquellos años data un interesante artículo de la revista Sudestada titulado ¿Cómo se hace periodismo en la era K? en el cual 11 periodistas reflexionan sobre los dilemas y contradicciones propias de esos tiempos.

Para Eduardo Anguita, uno de los referentes consultados por Sudestada, “una de las condiciones del periodismo es ser un emergente, algo que funcione por la superficie de los procesos culturales, sociales y políticos, en cambio constante. Un vaso comunicante entre los procesos profundos y aquellas cosas que están en la epidermis de los movimientos sociales”. En este sentido, apunta Anguita, Argentina tenía postergado un tema crucial: “entender el ejercicio del periodismo en función de los niveles de concentración de medios en pocas manos.”

El debate encontró un cauce institucional con la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en 2009, una regulación que pretendió democratizar las voces. Pero la disputa permanece completamente vigente, ya que se trató de una Ley cuya aplicación fue entorpecida con planteos judiciales del Grupo Clarín, que luego fue derogada en gran parte con un decreto de Mauricio Macri, y que más recientemente Alberto Fernández se declaró en contra de reflotarla.

 

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