El estallido social argentino de 2001 fue precedido por acontecimientos políticos, sociales y culturales de implicancia internacional. En ese contexto, puede que la obra de la mayor estrella pop de la región sea útil para interpretar qué pasó y cómo llegamos hasta ahí. Pero, ¿hasta qué punto, más allá del noviazgo con Antonio de la Rúa, la figura de Shakira puede pensarse intelectual, espiritual y afectivamente vinculada a nuestro cambio de época? Y, ¿en qué medida tiene algo para decirnos sobre el presente? Un repaso por las circunstancias históricas, la filosofía detrás de sus primeras canciones y la metamorfosis de su obra, en una incursión lateral al misterio de la crisis de representación política y cultural.

 

Tiene quien le escriba

“La música de Shakira tiene una impronta personal que no se parece a la de nadie, y nadie la canta ni la baila como ella a ninguna edad con una sensualidad inocente que parece inventada por ella”. Así describía a Shakira Gabriel García Márquez, que se interesó por la artista colombiana en 1999. El ya por entonces premio Nobel de literatura le dedicó una crónica en la que toma nota de su madurez y su perspectiva idealizada del amor. Si Gabo se dejó cautivar por aquella “barranquillera de hueso colorado” y proyección universal, ¿por qué no ocuparnos también de ella pero desde nuestro propio ángulo?

Cada época suena diferente. Si pensamos en la banda de sonido original del 2001, inmediatamente nos viene a la mente la cumbia villera. Aunque los primeros álbumes de bandas icónicas del género, como Pibes Chorros y Damas Gratis, se publicaron después. De hecho, la versión original de la serie Okupas (2000), que puede pensarse como documento histórico, solo tiene una cumbia, de Ráfaga. La cumbia villera es, más bien, pues, el sonido de la precariedad social post estallido. Hay numerosos ensayos al respecto. Pero hay otras piezas que esconden pistas para pensar el momento.

¿Puede la cultura anticipar o predecir los cambios políticos? A excepción de Los Simpson, seguramente que no. ¡Pero qué interesante cómo rima la historia con las canciones! Tratar de entender el devenir histórico a través del arte suele ser un ejercicio contrafáctico y plagado de sesgos de confirmación. En todo tiempo se producen obras con múltiples y ambivalentes sentidos, que a su vez son receptadas de manera disímil por diversas audiencias. ¿A qué prestar atención? ¿Los consumos populares o las vanguardias estéticas? ¿Las producciones periféricas o el mainstream? ¿Las canciones de protesta o las más escuchadas? ¿Las que revuelven las tripas o las que hacen mover las caderas?

Como escritora, Shakira hace una minería afectiva. Su cantera está ubicada en el valle que se forma entre el amor y el desamor; sus relaciones de pareja son la fuente de inspiración principal de sus mejores canciones. La primera que claramente le dedica a Antonio de la Rúa es Underneath your clothes. Tal vez no estrictamente para él, sino a través del videoclip, que se estrenó en Mtv a comienzos de 2002, cuando todavía no habíamos tocado fondo luego del derrumbe. Al parecer, la cantante insistió en que “Antonito” fuera el modelo que aparezca bailando junto a ella. Él no pudo resistirse. 

Fue un pequeño escándalo: era demasiado ver al primogénito del presidente saliente bailando sensualmente en una superproducción internacional. La sucursal argentina de la cadena de disquerías Tower Records dejó de vender los CD´s de la cantante. En las vidrieras, junto a imágenes del video, se justificaron: “Antonito… Nosotros también estamos muy calientes. Por eso, NO vendemos música de Shakira”. En Intrusos en el espectáculo, Jorge Rial le dedicó a Shakira un editorial incendiario que prácticamente la declaraba persona no grata en nuestro territorio. La proyección de esas imágenes vino a resaltar una brecha insalvable, entre la vida de una pareja del jet-set latinoamericano y el momento de zozobra que vivía el país.

Entonces, ¿qué puede tener que ver la música y la poesía de una joven colombiana millonaria con la última gran crisis económica y social que vivimos? A través de esta lectura sugerimos que el nombre de Antonio no es el único punto de contacto, y que la obra de Shakira, entre 1998 y 2001, tal vez nos habla mucho más del cambio de época de lo que alguna vez advertimos cantando sus canciones. Además, Antonio no fue solo hijo del Presidente, sino una figura clave del entorno delarruista que oficiaba de asesor, dentro del denominado “grupo Sushi”. Y no fue solo novio de Shakira durante la primera década de este milenio, sino también su manager

Por eso, empecemos por contextualizar a la Shakira de fines de los noventa. En qué ambiente se cocinó el caldo de cultivo cultural que daría lugar, al mismo tiempo, a la explosiva transición y metamorfosis de una cantante caribeña y de un país en el fin del mundo.

Veranillo del 98

En 1998 Shakira cumplía 21 años y el apellido De la Rúa todavía no había aparecido en su vida. Ni en la nuestra. En el mundial de Francia perdíamos en Cuartos de Final con Holanda. VideoMatch estaba en su mejor momento y el canal Mtv a punto de regionalizarse y estrenar Los 10 + pedidos. Matrix perdía la oportunidad de ganar el Oscar. Microsoft lanzaba el gran Windows 98 con el que casi todos los millenials del mundo llegaron a internet. Estallaba el boom de las punto com; se presentaba en sociedad el e-commerce y la idea de que sin importar lo que tengas para vender, si hablás inglés y tenés una conexión a internet, tu mercado no tiene fronteras. Algo que sería fundamental para entender la posterior internacionalización de la marca Shakira.

En nuestro país, orgullosamente conectado al mundo, pegaban las crisis de todas partes (el efecto tequila, la caída del rublo), la pobreza ascendía a un 36% y la convertibilidad mostraba su límite encontrándose con la formación de un novedoso sujeto social compuesto por un ejército de desocupados y desocupadas. La marginación social se convertía en un fenómeno de masas. Se fundaba el Grupo Calafate, con Eduardo Duhalde como primer vocalista. Un cantante riojano promocionaba su tercer álbum consecutivo. El rock todavía tenía cosas para decir: La Bersuit grababa Se viene el estallido y le choreaba Sr. Cobranza a Las Manos de Filippi coronando la resistencia cultural al menemismo. Los Redondos lanzaban Último bondi a Finisterre. Y ni Cristina Aguilera, ni Britney, ni J-Lo habían sacado su primer álbum.

En Venezuela, un enigmático militar de saco y corbata que aseguraba no ser socialista y que Cuba era una dictadura ganaba por primera vez las elecciones. En sus embajadas de Kenia y Tanzania, Estados Unidos sufría los primeros ataques de Al-Qaeda. En Seattle estaba a punto de producirse un levantamiento contra el libre comercio que sería icónico para el movimiento anti-globalización. Un marxista irlandés afincado en México, inspirado por el movimiento zapatista, comenzaba a escribir Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002). Una obra de alto vuelo teórico, muy recomendable, con una tesis que incitó a toda una generación de jóvenes rebeldes a no participar de la política institucional.

Mientras tanto, a Shakira le robaban sus maletas en un viaje y con ellas todas sus canciones, lo que la obligó a reescribir su repertorio. El desafío de estar a la altura del éxito que había tenido Pies Descalzos (1995) le hacía chocar las rodillas. Por eso convocó al marido de Gloria Stefan para la producción ejecutiva, aunque se reservó la producción artística. Así surgió ¿Dónde están los ladrones?, que con temas como el que da nombre al álbum, No creo y Octavo día, condensa el pensamiento sociopolítico de la autora y puede escucharse como el último de la Shakira más auténtica, antes de la etapa ultra comercial. La Shakira en la que se interesó Gabo. También, la última Shakira pre De la Rúa.

De no creer

Al mundo se le acababa el argumento y la metodología. En ningún ámbito de la vida, pero principalmente en la política, estaba claro si había algo en lo que valiera la pena creer. Ante la derrota espiritual que significó la caída del campo socialista, el posmodernismo se adueñó del horizonte.

Se puso de moda rechazar cualquier totalidad, los grandes relatos, los valores universales, las estructuras. El escepticismo hacia la verdad se compensó con pluralismo cultural, relativismo, heterogeneidad. El movimiento social se dispersó y fragmentó en diferentes luchas sin demasiados vasos comunicantes. Los y las antiguas militantes se replegaron en nichos convirtiéndose en activistas de causas puntuales. Las grandes mayorías comenzaron a consumir literatura de autoayuda espiritual y financiera y a experimentar todo tipo de prácticas alternativas, desde yoga hasta programación neurolingüística.

El Estado ya no era el lugar de ninguna transformación ni esperanza y, reducida a la concepción tecnocrática de la gestión, la política era tomada por la lógica empresarial de la eficiencia. El principal clivaje pasó a ser corrupción vs. transparencia. La figura de Elisa Carrió comenzaba a popularizarse y toda jefatura a ponerse en cuestión. Florecían ONG´s de todo tipo. Conceptos como Accountability o Crisis de representación iban a colmar los papers de la ciencia política hegemónica. En la teoría crítica se estudiaba seriamente la estrategia del autonomismo, que en las grandes urbes se traducía en la apertura de centros culturales y en el posteriormente llamado “socialismo en una sola cuadra”.

Desde 1999 hasta 2003, el nivel de abstencionismo en las elecciones nacionales fue creciente, acompañando la reducción del PBI per cápita y el aumento de la desigualdad. En las legislativas de 2001 se sumó un nivel histórico de votos nulos (13%), que dio cuenta de la actitud de activo rechazo al sistema político por parte del pueblo argentino. Mafalda, Bin Laden, Hijitus, fetas de salame y preservativos usados fueron algunos de les candidates del partido del “voto bronca”.

El ethos nihilista y el escepticismo que se expandió en la época quedaría retratado críticamente en una canción de amor: No creo en Venus ni en Marte / No creo en Carlos Marx / No creo en Jean-Paul Sartre / No creo en Brian Weiss” (este último, un psiquiatra estadounidense que popularizó en el mundo occidental ideas sobre la reencarnación con el best seller Muchas vidas, muchos maestros (1988), convirtiéndose en uno de los grandes propagadores de los discursos New Age).

No obstante, Shakira escribe desde el romanticismo. Y como el amor en esa perspectiva tiene algo vinculado a lo absoluto, sus canciones no funcionarían sin apoyarse en alguna idea de eternidad, el “sentimiento océanico” del que habló Freud:  “No creo que el mar algún día / Pierda el sabor a sal”. La metáfora de Dios suele cumplir la misma función en sus canciones, como un ladrillo retórico indispensable sin el cual todo el edificio de la lírica shakiriana se derrumbaría. Lejos está de reducirse a un recurso estilístico. Entre todo lo que no cree, Shakira efectivamente cree en Dios. Como cree en el amor. Y más aún, como escribió uno de sus fans en un blog, parece dar vuelta un famoso versículo: amor es Dios.

Toda su obra de ese momento puede pensarse desde esta perspectiva como un reflejo de la crisis de la posmodernidad. En los momentos de crisis, dijo alguien, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. En ese juego entre el descreimiento y la fe que aparece en No creo pivotan muchas de sus canciones, que hasta pueden leerse como un ejercicio de resistencia cultural contra la desafección relativista.

Muerto en 1984, uno de los exponentes intelectuales más importantes de la época seguía siendo Michel Foucault, a quien una filosofía radicalmente crítica del poder había llevado a sugerir que deberíamos incluso renunciar a la distinción jurídica entre inocente y culpable. Un documento de la CIA de 1985, desclasificado en 2010, celebraba que por entonces la intelectualidad se estaba “des-marxificando”.

En ese panorama, ¿Dónde están los ladrones? puede ser interpretada como una pregunta profunda. Si no hay marcadores de certeza, si todo es relativo, ¿cómo determinar quién le roba a quién? ¿De qué depende, en términos generales, el sufrimiento en el mundo? Dentro del clima individualizante de la época y su propia educación judeo-cristiana, no es extraño que, después de considerar una serie de sujetos, la autora busque la respuesta en sí misma: ¿Y qué pasa si soy yo, la que canta esta canción?

Sobre la portada del álbum, que la muestra a cara lavada pero con las manos sucias, Shakira declaró en una rueda de prensa en Barranquilla que eligió esa imagen como una alegoría de la culpa: 

“La culpa repartida y compartida en nuestra sociedad, porque todos hemos estado manchados, incluyéndome. Porque nadie está libre de pecado. Y porque si me hago la pregunta ¿Dónde están los ladrones?, ya tengo allí, implícita, la respuesta. Ladrones somos todos. Porque hay ladrones de todas las formas, tamaños y colores. Y todos alguna vez hemos robado. Porque yo creo que todo el que come el pan de otro que no ha comido nada, de alguna manera, se lo está arrebatando de las manos. Y somos, indudablemente, cómplices.”

La cándida cantante apenas había cumplido la mayoría de edad. Estaba sentada junto a los ejecutivos de Sony Music cuando pronunció estas palabras que parecen sacadas de un documento de la teología de la liberación. En el resto de la rueda de prensa en su ciudad natal, con su papá y su mamá en el público, el discurso de Shakira se asemeja al de una catequista, reivindicando el valor de la familia y la figura de Jesús. Sin embargo, el tono resuelto y la honestidad con que la joven se expresa la emparentan con las más carismáticas figuras actuales de la escena del trap y una habilidad casi poética para contestar preguntas deja en evidencia su temprana formación, inteligencia y sensibilidad.

Canciones posteriores como How do you do (2005) tienen a Dios como protagonista, pero es Octavo día la canción ineludible de su cosmovisión cristiana. En ella, la cantautora se imagina un Dios regresando al día siguiente de crear el mundo, “encontrando todo en un desorden infernal” y “convirtiéndose en un desempleado más, de la tasa que, anualmente, está creciendo sin parar”.

Su sensualidad despertó la ira de algunos pastores evangélicos literalistas, que le propinaron duros ataques llegando a compararla con el diablo y denunciando mensajes satánicos en sus canciones. Sin embargo, aunque tal vez no con la retórica lineal habitual de las canciones de adoración, sus temas muestran una clara matriz de pensamiento cristiana y su obra, en ese sentido, vista desde el espejo de la actualidad, sirve también para cotejar el proceso de supuesta secularización de la música pop, la relativa muerte de Dios en el arte y la cultura urbana.

Día de enero

Día de enero es probablemente la canción que resume todo lo que se puede venir a buscar en una nota como esta: ¿qué onda Shakira y Antonio? El enero en cuestión se remonta al año 2000, cuando la colombiana vino a presentar su trabajo y, en un restaurante de Puerto Madero, tuvo un flechazo con lo más parecido a un príncipe que había por acá.

Con ese tema reaparece, en el álbum Fijación Oral (2005), la Shakira más auténtica y personal. Tal vez despidiéndose para siempre, pero dejándonos una de sus mejores canciones de amor. Quizás porque es en sí misma un acto de amor: una novia preocupada por el malestar de su pareja en un momento difícil para su familia, en el que su padre había tenido que huir en helicóptero y debieron esconderse vaya a saber dónde.

En la actualidad, Shakira es una marca que trasciende a sí misma y casi una corporación, con juicios por evasión tributaria al fisco español. Pero en ese entonces todavía era una barranquillera llena de sueños y comprometida con su propia obra. Hablaba de poesía, recomendaba leer la Biblia y escribía “para encontrarle sentido al mundo”. Cada canción, afirmó alguna vez, “es una reflexión de la persona que era en el momento de escribirla”.

Especialistas en saberes específicos del mundo del espectáculo, que exceden la capacidad de estas reflexiones, aseguran que en gran medida el hecho de que se haya convertido en lo que es hoy, para bien o para mal, se debe al asesoramiento de Antonio, desde algunas estrategias financieras y redes de contactos, hasta decisiones artísticas y comerciales como la de empezar a cantar en inglés o ser la cara del mundial de Sudáfrica en 2010. Waka Waka es hoy uno de los contenidos con más visualizaciones en Youtube.

La controversia por el aporte de Antonio al crecimiento de la artista llegó hasta los tribunales de Suiza y Estados Unidos, por reclamos económicos del primero a la cantante tras la ruptura de la relación afectiva y comercial. Shakira ganó los dos juicios.

Surrealistas puentes culturales y generacionales hicieron que las infancias de Berazategui se interesen por la danza del vientre; en Japón flasheen cantando en camerunés; y madres e hijas adolescentes se conecten a partir de sus conciertos. La globalización generó un cosmopolitismo superficial, haciéndonos creer ciudadanes del mundo mientras la mayoría de las personas no conocía la esquina de su casa. La macdonalización del planeta se sustentó en una celebración de (algunas) diferencias, pero creó una cultura tendiente a la homogeneidad estandarizante. La mutación en la obra de Shakira es un vivo ejemplo de ese proceso.

Les de la intuición

Dana es Promotora territorial contra la violencia de género y tiene 36 años. En 2001, con 16, hizo un viaje de intercambio a Alemania. Cuando llegó, la familia que la albergó no le habló de Maradona ni de Evita, sino de una de las canciones del álbum Laundry service (2001), que estaba haciendo furor en todo el mundo y que, con letras en inglés, significó el «giro britnificante“ que catapultó a Shakira a la fama global. Para Dana, Shakira representa su primer casette: Pies Descalzos (1995), y la primera canción referida al aborto que escuchó: Se quiere, se mata. Un tema que, de manera algo confusa, cuenta la historia de un aborto clandestino. Hasta entonces, para Dana la maternidad sólo podía ser algo idílico.

Por cierta melosidad y falta de deconstrucción no disimulada, la obra temprana de Shakira podría ser comparada con la de Ricardo Arjona, como un alter ego femenino llamado a cumplir la misma función reproductora de la subjetividad romántica de su tiempo. Aunque la injusticia salta a la vista: es notorio que los primeros trabajos de la cantante envejecieron mucho mejor. Establecer por qué es así no es una cuestión sencilla, si nos tomamos en serio la pregunta.

Si bien hoy tiene una activa posición a favor de la igualdad de géneros, en aquellos tiempos, Shakira decía no reconocerce “ni machista, ni feminista, sino humanista”. Desde entonces, cambios políticos y culturales afectaron a todo el continente entre los que se cuenta un gran desarrollo del movimiento de mujeres y disidencias con el que la primera Shakira puede cruzarse sin bajar la cabeza. Su música ya no puede ser escuchada del mismo modo y, sin embargo, tal vez paradójicamente, logra pasar todos los filtros.

En un tiempo en que la lupa violeta está bastante agudizada, esas canciones son recordadas, resignificadas, revividas y reinterpretadas de un modo en el que adquieren un nuevo valor. Como una mezcla de consumo irónico y nostálgico, culposo y exculpado, espiritualmente vintage y contemporáneo. Se habla de una Shakira pionera y de una inocente hija de su tiempo; y se habla de, en última instancia, habitar la contradicción. No es un fenómeno fácil de dilucidar y no poca gente se pregunta qué pasa con esto.

En el podcast Las músicas de tu corazón analizaron la obra junto a la de otras cuatro artistas que marcaron vidas personales en Latinoamérica. En un balance de su giro comercial, las conductoras se lamentan: “Dejó de hablarnos a nosotras, como una amiga, para dedicarse a convertirse en una super estrella; bien por ella, mal por nosotras”. En la sección Educación sentimental del programa de radio 1990, charlan sobre qué aprendimos de vínculos a partir de la música noventista. Después de un repaso por ¿Dónde están los ladrones?, concluyen reivindicando la capacidad terapéutica que conserva aquel repertorio: “Básicamente, si te rompieron el corazón, esta es la droga que tenés que consumir”.

Pasó de todo. Voltearon las torres gemelas; Estados Unidos invadió como nueve países; tuvimos cinco presidentes en una semana; una ola de gobiernos progresistas en la región; y ejecutaron a Bin Laden, que dicen que tenía una foto de la cantante en su celular. Antonio se fijó en otra colombiana, con la que tuvo dos bendis; Cordera terminó cancelado y varios de los integrantes del Grupo Calafate llegaron a la presidencia. Las primeras canciones de Shakira siguen sonando. Y ella ya se reinventó mil veces. Aprendió de fútbol, empezó a practicar skate y recientemente hizo un curso universitario sobre Platón. Quién te dice que no se venga un giro filosófico en su carrera.

 

Arte de portada: Enoe Moya y Facu Barreto