Parecen mujeres comunes y corrientes, sin embargo en el vecindario o en la escuela rápidamente se puede identificar a las malas madres. Los chicos andan con zapatillas gastadas, o guardapolvos mal lavados o planchados, o tienen piojos, que suelen ser tan contagiosos, o comen con avidez la merienda escolar, cuando la hay, porque evidentemente tienen hambre.

“Andan mucho en la calle”, dicen las vecinas, “¿dónde está esa madre que no los vigila, que no los cuida?”. A veces esas mujeres llegan con sus chicos a la salita: están desnutridos, les dicen enfermeros o médicos. “Debería cuidar más su alimentación”, les recomiendan, “cuidar la higiene, más baño y más dentífrico, más dieta de olla”.

A veces en la escuela o en la salita entienden que la cosa está llegando a mayores: temen por la salud de los chicos, por su seguridad. Si llegan con raspones en las rodillas, se alarman: “¿maltrato infantil?”, se preguntan. Y entonces llaman la atención de las autoridades, de la policía, del juzgado de familia. La mala madre ya no puede disfrazarse de mujer común y corriente. La mala madre ha quedado al descubierto.

¿De dónde salen las malas madres, cómo se desvían del camino correcto de las santas madres, que es tan fácil de seguir? Ellas mismas se definirían como mujeres trabajadoras, pero de una clase que ni siquiera se puede admitir que sean trabajos, como tarefear, carpir, plantar tabaco, limpiar casas ajenas, cuidar a los hijos de otros. Y cuando no trabajan en cosas como esas, para las que no hace falta estudiar ni tener título, son “planeras”. Como se sabe, los “planeros” son gente que no quiere trabajar y vive de los impuestos que la gente de bien, la que tiene trabajos serios, paga más o menos puntualmente.

Son analfabetas, y a menudo apenas si pueden escribir su nombre en los documentos, o leen con dificultad, a los tropiezos, sin terminar de entender de qué se trata eso que leen. Viven en casillas precarias, muchas veces en una sola pieza que sirve para todo: cocina, dormitorio, depósito, todo en uno, igual que la cama, que sirve para que duerman varios. Y que es baño también, para higienizarse con el agua que se acarrea de la canilla pública, en lo que venga: baldes, tachos improvisados, botellas de descarte.

Las malas madres no siempre saben qué comerán sus chicos al día siguiente, porque no hay ni mercadería ni plata en casa y los vecinos están más o menos igual. Y están demasiado cansadas para fijarse si la ropa del colegio está en orden (¿qué orden puede haber si ni siquiera hay un ropero?). Y como si apenas leen o escriben, tampoco pueden fijarse si los cuadernos están en orden, o ayudar en la tarea. Pero saben perfectamente que no podrán darle a uno de ellos esos pesos que reclama “la mae”, para las fotocopias o el papel cánson o alguna de esas cosas que a veces piden en la escuela “para colaborar con el proceso educativo”.

Cada tanto, una de estas malas madres aparece en las noticias, que la gente normal lee con espanto y reprobación. Por ejemplo, esa madre que llegó varias veces a la salita y al hospital con dos criaturas muy desnutridas, muy por debajo del peso y el desarrollo esperado para su edad. Cuando ambas murieron, el sistema sanitario registró la situación, denunció el caso, intervino el juzgado, las trabajadoras sociales redactaron sus informes ambientales, y ella terminó presa. “Se hizo justicia”, aprobó aliviada la gente normal: una mala madre menos para seguir torturando a esas pobres criaturas, haciéndolas sufrir de hambre hasta la muerte.

Con el tiempo y analizando más el caso de esa desnutrición persistente y fatal, se comprobó que en realidad se había tratado, muy probablemente, de manifestaciones graves de celiaquía. No había “mala madre”, en consecuencia, sino malos diagnósticos. Para entonces, la mujer había pasado casi dos años presa, en esa condición había cursado un nuevo embarazo y había penado por la suerte de sus otros hijitos, dejados a la buena de Dios mientras estaba encarcelada.

Después de un ejemplo como este, y hay muchos parecidos muy cerca nuestro, uno debería pensar si es que realmente existen mujeres que nacen para ser malas madres, o si hay una serie de infortunios que se suman para que un conjunto de mujeres puedan ser señaladas por los demás como malas y descuidadas o, peor aún, depravadas, explotadoras de sus criaturas y muchas maldades más.

Pero pensar es incómodo y da trabajo: es más descansado vivir en un mundo donde hay santas madres y malas madres, sentirse del lado bueno de la vida, señalar el lado malo como algo que debe ser extirpado de la convivencia con la gente normal.

***

Muchos periodistas saben manejar estos pensamientos básicos: el mal, el bien, y en el medio la nada. Pero eso no es tan malo como que un fiscal de estado utilice esta división sencilla y extremadamente contagiosa como estrategia de acusación. En estos días, en un juicio que atrapó la atención de tantos, un fiscal de estado trabajó mediática y judicialmente sobre la siguiente oposición básica: una mala madre en oposición a una inmaculada abuelita.

Sobre esa base, la mala madre fue acusada de haber “facilitado o no impedido” el abuso sexual contra dos menores de su familia. Se identificó a un menor, amigo de uno de sus hijos adolescentes, como su concubino y agresor, al igual que otro de similar edad. ¿Los fundamentos de la identificación? Indicios, suposiciones, eso que se llama “leal saber y entender” fundado en chismes de vecinas y especulaciones de una mente inquieta.

Lo que no trascendió es que, en las últimas jornadas del juicio, “la santa abuelita” reveló que esas mismas criaturas y otra más, habían sufrido abusos o intentos de abusos en su propia y resguardada casa.

¿Escándalo? ¿La causa se desgranó como castillito de arena que se lleva la marea? Nada de eso: aplicando el principio universal de que “no hay más sordo que el que no quiere oír”, esas declaraciones no fueron registradas por quienes debían registrarlas. Quizás porque las conocían previamente, quizás porque enjuiciar a una mala madre no requiere de comprobaciones, porque esas mujeres están allí para que todo el mundo pueda señalarlas, y porque habiendo una mala madre todas las madres normales pueden descansar en su pulcra santidad, igual que las abuelitas santas que dicen cosas que no debían decir, en los momentos más inadecuados.

Como la muchacha del ejemplo, encarcelada por causa de un mal diagnóstico que terminó con la muerte de sus dos criaturas, esta otra mujer está cargada de hijos. Y aquí hay otro rasgo de las malas madres: si se sacan cuentas, se han pasado casi toda la vida embarazándose y poniendo criaturas en el mundo. Las mujeres normales se preguntan a menudo: ¿por qué tienen tantos hijos? La respuesta es que ni ellas lo saben. Nadie les pregunta si quieren tener hijos, como tampoco les preguntan si quieren concebir. Les hacen los hijos, nacen, ellas hacen lo que pueden para cuidarlos, y eso es todo.

Dado que la inmaculada concepción se produjo sólo una vez en la historia humana, hasta donde se tienen noticias, es presumible entonces que por detrás de las “malas madres” hay padres. Esas son las figuras invisibles en estos dramas. No hay preocupación por los padres.

Es más: si hay figuras masculinas junto a ellas, son concubinos o potenciales abusadores, según las versiones oficiales, ilegales e inmorales por definición. Y en consecuencia, si no hay padres y sólo hombres de sospechosa moral, ella se convierte inmediatamente en una mala mujer: la mancha que comenzó borroneándola, la contamina por completo.

Así están las cosas, avanzado en el siglo XXI: la buena sociedad, de la que somos parte, construye activamente malas madres, extrae la materia prima para este raro producto de los sectores más empobrecidos y vulnerables de la sociedad. Mujeres sin voz, sin apellidos, sin maridos respetables al lado. Desprovistas de todo, ¡qué fácil quitarles también su mínima dignidad, ocultar su humanidad sufriente, lapidarlas con el escarnio social!

Gracias a las malas madres, la sociedad de los “normales” descansa satisfecha por las noches.